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miércoles, 8 de junio de 2011

Delirios de grandeza

Nunca pensé que me iba a sentir, de pronto, cerca de Callejeros. Pero la versión de su canción "Imposible" se convirtió en la banda de sonido clásica de la hinchada de All Boys en este notable trienio de doble ascenso que hemos vivido desde el 2008 para acá. Y me resulta imposible no asociarla a tantas alegrías -deportivas, barriales, poéticas- recientes.

"...Los pibes todos de la cabeza, en la plaza del barrio,
de gira, preparando el asado para verte a vos..."

Pero, acaso bajo las ínfulas del Día del Periodista, me veo obligado a admitir que siento algo raro, en la tribuna, toda vez que las voces blancas llegan a estos versos:

"...Y al fin va a decir la verdad el que escribe los diarios:
Que la más grande de todas es la banda de All Boys..."


Quizás mis trece años en Página/12 llevan a que, absurdamente, me sienta un poquito interpelado con eso de "el que escribe los diarios". O tal vez tiene que ver con aquello de la bonomía debida del hincha, que alguna vez se ha insinuado en el Álbum Blanco. Lo cierto es que, en honor a la verdad, aunque suene a herejía, y en nombre del rigor periodístico, me permito dudar de que la banda más grande de todas sea la de All Boys.

Ojo, que ningún panda fundamentalista me salte a la yugular: mis dudas surgen de la dificultad real para medir la grandeza de una hinchada de fútbol. ¿Cuál es el instrumento de medición para la grandeza del hincha? ¿Debe mensurársela a través de criterios cualitativos (como la creatividad al alentar, el rechazo a la violencia o la ausencia de amargura) o cuantitativos (como la invulnerabilidad a la disfonía, la cantidad de hinchas, las dimensiones de las banderas)?


No sé, pero con todas las hinchadas que hay en el mundo, me parece sospechoso que justo la más grande de todas sea la de mi equipo. Es estadísticamente improbable. Una mentira piadosa. O en todo caso, mi sensación, mi percepción, mi punto de vista; y no necesito que lo que yo siento sea legitimado por el periodismo.


Por eso, si "el que escribe los diarios" alguna vez sentenciara que la hinchada de All Boys es la más grande de todas, me permitiría dudar. Es una deformación profesional: con el rigor periodístico no se jode.

miércoles, 6 de abril de 2011

Cómo hacer para no ser un hijo de puta

Ejercer con dignidad la pasión de hincha de fútbol, y al mismo tiempo, mantenerse dentro de los cánones socialmente aceptados para lo que podría considerarse “ser una buena persona”, resulta difícil y exigente.

Muchas de las características más comunes, más folclóricas, del hincha futbolero argentino están severamente reñidas con la bonhomía.

Ni siquiera hablo de los indefendibles ejemplos de trazo grueso, como la violencia entre hinchas, el lanzamiento de objetos peligrosos a futbolistas o árbitros, o las expresiones xenófobas proferidas a simpatizantes y jugadores de otros equipos.

Hay otros aspectos del hincha de fútbol, menos evidentes, pero también muy deleznables.

En especial, la ingratitud: yo jamás podría insultar ferozmente ni pedir la horca para personas que me han hecho muy feliz. Por caso, algunos jugadores, técnicos o dirigentes. Sin embargo, cuando vienen las malas, ahí están los foros en la Internet en los que podemos leer palabras horribles, sanguinarias, abrasivas, de hinchas de All Boys dirigidas a símbolos y líderes de este histórico momento del Albo. Ojo, todo bien con la construcción desde el disenso y con el pensamiento crítico (un saludo a los estudiantes de filosofía y a Luis Majul), pero un poquito de gratitud y justicia poética nunca vienen mal.

Otro gran problema es la incoherencia. El mecanismo de esperar maravillas de alguien y, si esas maravillas no llegan, pasar a considerar un imbécil a ese alguien y a quienes lo trajeron, es trampa: omite que, antes de que los hechos se consumaran, uno mismo también confiaba. Y por extensión, omite que uno -con toda la buena fe del mundo- tropezó con la misma piedra que quienes trajeron al imbécil en cuestión.

¿Acaso, en nombre de la pasión, es válido ser una fiera impiadosa y temperamental?

Una de dos: o la condición de hincha de fútbol brinda una identidad paralela, la del típico hermano mellizo de las telenovelas que resulta un tremendo hijo de puta. O bien entre los hinchas de fútbol la proporción de hijos de puta es realmente alta.

viernes, 10 de septiembre de 2010

La concha de tu madre, All Boys

A la hora de entonar cantitos en una tribuna, el hincha de fútbol suele liberar sin prejuicios el Jorge Bucay que todos llevamos dentro. Mientras se piensa dónde termina el homenaje y dónde empieza el plagio, y más allá de que muchas barras se adjudiquen la virtud de la creatividad, lo más normal es que una misma canción de cancha sea interpretada, en el mismo fin de semana, por una veintena de hinchadas.

Con algunos ajustes menores en las letras –sobretodo en cuanto a vocativos, gentilicios y apelaciones a la propia divisa–, en el fútbol argentino no hay distinciones radicales entre los repertorios de una hinchada y otra. La arenga de los hinchas de Boca suele ser muy parecida a la de los seguidores de Colegiales; del mismo modo que las cargadas que los hinchas de Racing le cantan a su clásico rival –Independiente–, no son muy diferentes de las que los hinchas de Flandria le cantan a su clásico rival –andá a saber cuál es–.

Nunca fui muy devoto de las canciones de hinchadas. Por supuesto que he vivido esa experiencia casi chamánica de estar en un estadio, o en sus alrededores, sintiendo la vibración en el esternón de algún cantito conmovedor, que, según el momento, sirve para preanunciar una alegría, gozarla, llorarla o sepultarla. Por supuesto que me he encontrado tarareando canciones de cancha en cualquier momento del día, de la semana, del año. Pero la lírica de tribuna me resulta demasiado austera en términos poéticos: no creo que haya un originalísimo e inspiradísimo poeta maldito escondido en cada hinchada, adaptando éxitos populares. Sigo admirando más la “creatividad” de Bob Dylan que la de Rafa Di Zeo.

Sin embargo, hay algunas canciones de hinchada que huelen a únicas. Y la unicidad no la da, curiosamente, el intérprete, sino el receptor. El típico cantito con el que los circunstanciales rivales del Albo han regado las amarronadas canchas del Ascenso (“La concha de tu madre All Boys…”), por caso, se ha convertido en una referencia ineludible a la hora de expresar desagrado ante la presencia del Blanco de Floresta. Inclusive, en el mundo virtual, se ha convertido en la sigla LCDTMAB. Googléenla y verán.

Ese cantito no me molesta. Así como muchas expresiones despectivas terminan siendo fagocitadas y resignificadas por sus destinatarios (¿cuántos hinchas de Boca se autodenominan, con orgullo, bosteros; cuántos hinchas de River se autodenominan, con orgullo, gallinas?), el LCDTMAB no me duele para nada. Hasta me divierte pensar que ese oldie del repertorio del Ascenso empieza a convertirse en un hit del repertorio de Primera División.

Además, esa no se la cantan a ningún otro club. No me consta que a los de Ferro le espeten “La concha de tu mandre Oé” (por Oeste), ni que a los rosarinos les apunten un “La concha de tu madre Ñuls” (por Newell’s). Esa sólo la conocen quienes han sufrido el calvario de enfrentarse al Albo.

Lo que no he podido identificar es la melodía original de LCDTMAB, que en las canchas también suele usarse cuando los hinchas quieren linchar a sus propios dirigentes, con la letra: “… va a salir campeón,/ … va a salir campeón,/ el día en que se vayan todos los hijos de puta de la comisión”.

Si algún lector identifica el origen de la melodía, el Álbum Blanco será generoso para adjetivar el aporte.

martes, 15 de junio de 2010

Un nuevo paradigmA

Y de golpe ya nada es lo mismo en la relación con el fútbol; más allá del Mundial, y hasta de las expectativas por los refuerzos del Albo y de las polémicas por los jugadores que se fueron. Huelo que comienza un vínculo nuevo, con muy poco que ver con aquello que All Boys fue para mí durante toda mi vida.

Se fue esa sensación de hincha de la utopía (¡aguante Deportivo Utopía!), desapareció esa convicción de ser hincha de una causa indefendible (¡vamos, vamos, Atlético Causa Indefendible!), se esfumó ese espíritu de hincha de una secta desconocida (¡olé, olé, olé, olé; Club Secta Desconocida!).

¿Estoy diciendo que voy a extrañar esos partidos de sábado de invierno, a las 15 horas, ante escaso público y frente a equipos lamentables cuyos nombres –Berazategui, Flandria, Laferrère–, y lo digo de onda, generan hilaridad? Y, no, no los voy a extrañar. En todo caso, sí extrañaré tener doce años, e ir con mi viejo a compartir ese espectáculo imposible y áspero, pero tan vinculado a mi identidad.

Bienvenidas sean la grandeza, la bonanza, la euforia, el éxito, la fama… las buenas que ya iban a venir, y que de golpe, vinieron.

domingo, 7 de marzo de 2010

Una pasión indefendible

En un lugar de Internet de cuyo nombre no quiero acordarme, no hace mucho, y en uno de esos zigzagueos ebrios por ámbitos albos de la web, di con un inusual posteo de un hincha de All Boys.

Cito textualmente:

“HOLA.
YO SER ALL BOYS FAN.
YO SER DE SWEDEN.
YO ESTAR EN ARGENTINA EN MITAD DE AÑO Y MI ARGENTINA NOVIA IRME AL STADIO A VER ALL BOYS.
Y LUEGO SOY ALL BOYS FAN.
AL STADIO ES MARAVILLOSO Y LA GENTE Y EL EQUIPO.
YO AMO ALL BOYS.
VI JUGAR PATO SOLCHAGA, ZARATE, CAMBIASSO, STEFFANO, PANCERI.
Y VI JUGAR GIGLIOTTI ANTES VENDERSE.
VAMOS ALL BOYS POR EL CAMPEONATO.
SALUDOS DESDE SWEDEN
THOMAS BRAINA”

Los errores gramaticales y en los nombres de los jugadores forman parte de la riqueza del testimonio, claro. Y la novia, un ejemplo de imperialismo deportivo que merece el más caluroso aplauso de cualquier hincha argentino.

Pero el caso-Thomas Braina deja planteados algunos interrogantes: ¿Conmovedor o indignante? ¿Ídolo transoceánico o boludazo tierno? ¿Pasión indefendible o pasión inexplicable?

Más interrogantes: ¿Terminará Zlatan Ibrahimovic su carrera en Floresta? ¿Se viene el trapo “Estocolmo es del Albo”? ¿Cómo se dirá “Chicago hijo nuestro” en sueco? ¿Será “Cɦȋcȁǥɸ ɦȋʝɸ ɳuɛșţrɸ”?

martes, 9 de junio de 2009

¿Un socio vitalicio o un lateral treintañero?

No hay mayores dudas sobre la importancia que tienen los jugadores, los directores técnicos y los dirigentes en la vida de un club. Por algo futbolistas y entrenadores protagonizan pósters y tatuajes, y por algo ex directivos dan sus nombres a estadios y tribunas.

Me preguntaba cuánto significa realmente uno, como hincha –o hasta como socio–, para el club amado.

¿Cuán trascendente para la vida de All Boys son mis cuotas sociales, pagadas de forma ininterrumpida desde 1986?

¿Cuán valiosos han sido para el club mis voces de aliento al equipo, mis chiflidos despectivos a referís, mis abucheos intimidatorios a rivales?

¿Qué tan significativas para el crecimiento de la institución han sido mis conversaciones –nanocampañas publicitarias hormiga– en las que hablo con terceros sobre All Boys, sobre las bondades de su estadio, sobre sus hinchas, sobre sus jugadores, sobre sus colores, sobre su mística?

Me pregunto si, para la historia de All Boys, cualquier futbolista profesional que haya jugado en el club significa más que yo. O que cualquier compañero de tribuna.

¿Patricio Tolosa, aquel tosco lateral marplatense que jugó del ’95 al ’98 fue más para el club que un socio vitalicio que disfrutó y sufrió al Albo durante 63 años? ¿O el volante cordobés Mauricio Beaulieu, que hasta marcó algún gol? ¿O Rechiutti, Ricatti, Martín Coyto, Francés, Bangert, Gianfelice, Lugo, Pavone…?

Sin omitir los afanes de frustrado protagonismo (¿qué hincha NN no hubiera querido jugar en la Primera del equipo al que sigue?), vuelvo a preguntarme si cualquier futbolista profesional que haya jugado en el club significa más que yo, o que cualquier compañero de tribuna, para la historia de All Boys. Y cada vez tengo más clara la respuesta.