sábado, 3 de diciembre de 2011

Aleta

Chan, chan.

A pesar de tanta patada y tanta brazada, a pesar de la fe en que, de un modo u otro, vamos a llegar a la orilla, de pronto un triangulito inequívoco aparece en el campo visual del hincha de All Boys. Es una aleta, la del tiburón blanco de la zona del descenso.

Chan-chan.

No es que no la conozcamos: en la temporada pasada, sin ir más lejos, nos anduvo oliendo la sangre de los talones casi hasta la última fecha. Seguimos en la élite, seguimos viviendo una fiesta –la perspectiva histórica tiene eso–, seguimos confiando en nuestros héroes, seguimos apostando a los recién llegados.

Chan-chan, chan-chan…

Pero la sucesión de malos partidos y la sensación de equipo cansado, exacerban el olfato del escualo. Es cierto que no estamos chapoteando solos, y que la carne de otros equipos con bajo promedio quizás le termine resultando tan o más tentadora que la nuestra a las fauces temidas. Qué poco solidaria es la lucha por mantener la categoría.

Chan-chan, chan-chan, chan-chan, chan-chan, chan-chan…

Los interrogantes quedan planteados. ¿De qué cuadro será Roy Scheider? ¿Le gustará el soccer a Steven Spielberg? ¿Habrá algún hincha de All Boys exiliado haciendo fuerza desde Amityville? ¿Una lavada de cara y un par de buenos refuerzos alcanzarán para zafar?

lunes, 7 de noviembre de 2011

Manual del hincha puteador

Estuve pensando en el ejercicio de la puteada en los hinchas de fútbol. Tendrá que ver, seguramente, el andar no demasiado satisfactorio del Albo en esta campaña en Primera (¡en Primera! ¡Vamos, All Boys, carajo!), que lleva a algunos hinchas a sobreactuar un poco.

Hay muchos lugares comunes en torno a la puteada en situación de cancha; como plantear que funciona como catarsis para las frustraciones de la vida extrafutbolística, o como inferir que es un legítimo derecho de quien paga la entrada.

Yo tengo dos observaciones al respecto. La primera, es que los insultos en la cancha me han prodigado momentos de hilaridad extrema, de esos cuyo mero recuerdo compartido lleva a llorar literalmente de risa. Podría enumerar insultos de cancha inolvidables con mis hermanos Fernando y Juan Manuel, o con mis amigos Adrián Felcman, Leonel D’Agostino, Martín Correa, Leandro Barril; no sólo viendo a All Boys; también a River, a Ferro, a la Selección.

La segunda observación es de índole moral: no todos los insultos son válidos. No me refiero a la naturaleza del insulto en sí –desde ya, el Álbum Blanco repudia las expresiones discriminatorias, racistas–; sino a sus destinatarios. Hay formas de insultar sin dejar de ser una buena persona.

No acepto nunca el insulto a la tropa propia: jugadores, entrenadores, dirigentes de All Boys. Salvo situaciones muy groseras –gesto agraviante hacia la tribuna, por caso– no se debe insultar a quienes nos representan con la camiseta blanca. Podemos reprobar un pase mal hecho, un gol perdido, o un cambio con el que no coincidimos, pero no puteando. El recurso de la puteada, para que valga, tiene que ser mezquino, escaso, ocasional. No hay puteada más intrascendente que la de los bocasucias seriales soft onda Enrique Pinti.

Acepto sólo a veces el insulto al rival: jugadores, técnicos o hinchas. Me parece digno únicamente cuando han cometido una deslealtad grave; como un codazo o planchazo; o como –otra vez– un gesto soez a la tribuna. Jamás putearía a un rival porque nos hizo un golazo. A veces hay que saber cómersela doblada.

Acepto casi siempre el insulto a la autoridad. Los latrocinios arbitrales y –salvando las distancias– las barbaridades policiales son desencadenantes de genuina furia en el corazón. La máxima martinfierrista “Hacete amigo del juez” no sirve en la cancha; nunca hicimos amistades.

Hay otros destinatarios posibles del insulto futbolero, claro. Se trata de insultar a “los de arriba”: cúpula de la Afa, gobernantes nacionales, Dios. Resulta curioso que cuando se los insulta, por lo general, es por una buena razón.

sábado, 8 de octubre de 2011

Córnea y corazón

(“No lo soñé; los ojos ciegos bien abiertos…”)
Indio Solari, Redonditos de Ricota.

Vi mi límite. O mejor dicho, no lo vi.

El primer gol que Juan Carlos Ferreyra le hizo a Arsenal me llevó a cuestionar mi propia percepción, pero también mi propia integridad. Es que no me pareció mano. Escuchaba la condena unánime, veía cada reiteración por TV, y a pesar de que todos decían notar con claridad que el vasto delantero del Albo había empujado la pelota con la mano, yo no coincidía. ¿El corazón me estaba tapando los ojos? Para mí, no había sido mano.

Hasta que cierta repetición, desde otro ángulo, venció la ceguera; esa ceguera, al menos. Sí, había sido mano. Ouch. Mano indudable, si se la observaba desde el nuevo punto de vista.

Duelen los papelones. Primero, pensé que este papelón no había sido una derrota óptica, sino una derrota espiritual: inferí que quien me había vencido había sido mi propio deseo de hincha, mi propia necesidad –no equitativa, no imparcial, no desinteresada– de que el gol fuera legítimo.

Pero después cambié de opinión. Y preferí considerar que mi error había sido un fenómeno óptico, nomás. Maldito astigmatismo, malditos anteojos. Es mejor sospechar arritmias en las córneas, que acusar de chicato al corazón.

domingo, 11 de septiembre de 2011

Lluvia de mierda

Bueno, nos comimos seis en Mendoza. A veces pasa.

Ahí estará la estadística, para evocar algunas lejanas goleadas cortesía de Quilmes, Boca… Yo siempre recuerdo –porque me tocó estar en la cancha– un 0-5 contra San Martín en San Juan; y otros 5 que nos hizo Italiano en Floresta (según creo –no pienso googlearlo–, con un festival del Mutante Silverio Penayo y del Tano Piersimone). No son recuerdos lindos. No es un día para recuerdos lindos.

No creo que ayude demasiado el espíritu de puteada indiscriminada que suele estar ahí, tan a mano, en estos casos. Más allá de las dudas por los refuerzos, y de los malos momentos de algunos de nuestros héroes del último lustro, mejor no empezar a pedir cambios drásticos. Me conformo con confiar en que, cuando el Albo recupere a Agustín Torassa y a Hugo Barrientos, las cosas van a estar mejor. De todos modos, confieso: desde que salimos campeones de la B Metro en el 2008, yo nunca solté la calculadora.

Pero para ponernos cerebrales hay tiempo. Ahora es momento de ponernos hielo en los ojos morados que nos quedaron desde ayer. En los seis ojos morados.

miércoles, 24 de agosto de 2011

Era neCesáreo

El mal arbitraje de Jorge Baliño en la derrota del Albo ante Rafaela me dejó un enojo, una paranoia y una pregunta.

Primero, el enojo. Es puntual (aunque no por un solo punto, sino por varios; casi una línea de puntos). Que lo lesionaron a Agustín Torassa y Baliño ni sancionó infracción. Que la cantidad de fouls discutibles cobrados en beneficio del delantero rival Darío Gandín sólo se justifican si Baliño lo tiene en el Gran DT. Que uno de esos fouls discutibles terminó en el gol del triunfo de los rafaelinos (hasta Clarín discutió el tiro libre). En fin, el consuelo que me queda es que Baliño, gracias a su apellido, debe haber tenido una infancia muy difícil, con tantas burlas sufridas en la escuela primaria, que debe haber quedado con un trauma que lo lleva a ejercer injusticias y crueldades. Como diría Nelson: “Baliño, ha-ha”.

Segundo, la paranoia. Es comprensible, de ningún modo luce como un X-File situado en Floresta. Tiene que ver con la enérgica (y muy pública) oposición de Roberto Bugallo a los cambios en los torneos de Afa. ¿Acaso los arbitrajes empezarán, como quien no quiere la cosa, a pasarle facturas a All Boys por la firme postura del presidente del club en contra de un proyecto del oficialismo futbolístico? Auch.

Tercero, la pregunta. Es panorámica, trasciende la coyuntura. ¿Puede un hincha sentir hacia los árbitros algo que no sea ira, desdén, desprecio ni ningún sentimiento negativo? ¿Sería normal que en la tribuna se experimente hacia un referí gratitud, admiración, respeto o cualquier sentimiento positivo? Infiero que la respuesta es negativa. Casi con vergüenza –cívica, no deportiva– admito que nunca tuve sentimientos nobles hacia un árbitro. O casi nunca; en realidad, hubo un caso.

Cesáreo Ronzitti fue árbitro entre los ’80 y los ’90. Cada vez que era designado para dirigir un partido del Albo, recuerdo que en Floresta había cierta sensación de alivio. Como decía, por entonces, el relator Pablo Ladaga: “Es ne-Cesáreo, Ronzitti”. No tengo estadísticas, aunque sé perfectamente que Ronzitti dirigió aquel inolvidable partido de 1993 en el que el Albo venció a Defensores de Belgrano, en Ferro, y consiguió el título de la B Metropolitana.

No creo que Cesáreo fuera hincha de All Boys. Nunca escuché nada que manchara su honor deportivo. No se han sedimentado en mi memoria anécdotas sobre fallos polémicos, ni a favor, ni en contra del Blanco. Pero sí recuerdo que el nombre de Cesáreo Ronzitti no generaba en el espinazo de los hinchas ese escalofrío maligno que suele acompañar la sola mención de apellidos arbitrales como Sliwa, Marconi, Bongianinno, Abal… O como, en adelante, Baliño. Malvenido al club.

miércoles, 17 de agosto de 2011

Constant concept

(“En el fondo, siempre fui un freak…”)
Roberto Musso, El Cuarteto de Nos.

No sé si está bien lo que voy a contar. No, al menos, ante los ojos del arte. Comprensible, quizás, ante los ojos del fútbol.

Tuve la suerte de presenciar una performance-intervención, Instantes festivos, a cargo de la dupla de artistas plásticas Paula Pinedo/Gabriela Muollo.

No voy a contar en qué consistía la obra, pero sí que las performers llevaban unas máscaras blancas. Y que de pronto, acaso hechizado por el espíritu hipnótico de la experiencia, casi en la frontera de la vigilia y el sueño (un saludo a los lectores del Álbum Blanco que gusten del surrealismo), empecé a advertir que una de las máscaras me sonaba familiar: un rostro sereno, una frente enorme, una mirada insondable, una mandíbula cuadrangular… ¡Eduardo Domínguez! ¡La máscara de una de las artistas era notablemente parecida al rostro del gran zaguero central de All Boys!

Cualquiera, sí. Pero sospecho que a más de un hincha del Albo le habrá pasado alguna vez algo parecido, como creer ver a Cristian Vella en la multitud de Florida y Corrientes, o a Matías Pérez García como extra en una película de cowboys.

Cualquiera, sí. Así son los espejismos. Así somos los hinchas.

domingo, 31 de julio de 2011

Temporada 2011/2012: antes del diario del lunes

A falta de goles propios que celebrar, en el receso uno celebra las incorporaciones en el plantel; así como, a falta de goles rivales que sufrir, en el receso uno sufre las bajas en el plantel.

Claro; una vez terminada la temporada, es fácil mirar atrás y decir: “Yo sabía que el Burrito Ortega estaba terminado”. O golpearse el pecho: “Yo sabía que Manu Gigliotti, otra vez, la iba a romper con la camiseta de All Boys”.

Por eso, como ya es costumbre, el Álbum Blanco pone la cara y opina ahora, a lo bonzo, sobre la conformación del plantel para la temporada 2011/2012.

Primero, los adioses. El alejamiento del enorme Emmanuel Gigliotti, acaso previsible, va a doler: goles son amores. Y el de Carlos Casteglione, a pesar de sus lesiones, también: con él en cancha, el Albo siempre tuvo solidez. Las demás partidas… bueno, no parecen ser demasiado importantes, acaso con las excepciones de Ariel Zárate, Carlos Madeo, Marcelo Vieytes –en los tres casos, por razones deportivas y afectivas–, y también de Sebastián Grazzini, a quien, si acabamos de decir que goles son amores, hay que reconocerle sus gritos contra Vélez, Tigre y Estudiantes.

Ahora, las bienvenidas. Los regresos de Matías Pérez García y de Darío Stefanatto, evidentemente, nos alegran; aunque el 10 ya probó su valía en Primera y augura más certezas que el 5, quien jugó poco en Estudiantes y genera cierta incógnita sobre si podrá imponerse en la élite.

Las demás incorporaciones parecen ser, apenas, apuestas bienintencionadas. Lo es el retorno del mediapunta Hugo Bargas, saludable por el hecho de reafirmar la política de regresos, pero que no implica jugar a seguro. Parece pillo haber traído al veterano mediocampista Martín Zapata. Da un poquito de miedo el zaguero Facundo Quiroga, que tiene un currículum importante (Selección, Europa), pero con bloopers recientes (River, Huracán). Todo para ganar y nada que perder tienen los delanteros Juan Carlos Ferreyra y Carlos Salom, el defensor Maximiliano Coronel, el arquero Bernardo Leyenda y el enganche Patricio Pérez: nadie espera que sean figuras.

El gran acierto de Roberto Bugallo y la dirigencia es, otra vez, haber mantenido el grueso del plantel que viene de conquista en conquista desde hace cuatro años, así como la conducción, a cargo de Pepe Romero. Y el gran acierto de los hinchas será revalidar el respaldo a cada jugador que lleve la camiseta del club.