viernes, 17 de febrero de 2012
El juego de la tarasca
Sin embargo, esos once contra once no son tan “iguales” a la hora de medir los presupuestos que cada equipo tiene detrás: es obvio que los once del Barcelona de Pep Guardiola no salen a la cancha a jugar “mano a mano” con los once del Barracas Central del gran Carlos Madeo.
No tengo números a mano, pero sí prejuicios y sospechas: si el fútbol no se dirimiera por goles, sino por presupuestos, intuyo que, en el campeonato de Primera, All Boys estaría en zona de descenso directo y con un yunque atado en el escroto.
En vacaciones vi y disfruté mucho la película Moneyball (grossamente traducida en la Argentina como “El juego de la fortuna”, basada en un libro de Michael Lewis). Allí Brad Pitt es manager de un “equipo chico” en la máxima categoría del béisbol norteamericano –iba a escribir “las grandes ligas”, pero me sonó un poquito cipayo– y tiene que armar un plantel con poca plata. Mientras tanto, los “equipos grandes” vienen con una montaña de oro y le llevan sus mejores jugadores.
El desafío que propone es tacticista, economicista, pillo, y en especial, futbolero, a pesar de los bates y los catchers: cómo armar un plantel barato y ganador a partir de datos concretos, y enfoques analíticos no convencionales sobre los jugadores.
De todo corazón, más allá de errores o aciertos, y sin las típicas miserias de andar viendo quién recomendó traer a tal crack o a tal burro; me confortaría saber que todos los Bugallos, los Zárates, los Barteltes, los Capurros, los Azofras, los Trovattos, los Parodis y demás armadores de planteles del Albo de ayer, de hoy y de mañana hayan visto esa película.
lunes, 2 de enero de 2012
Órgano felino
El receso futbolero de verano, históricamente, siempre tuvo mucho de desierto del Sahara: es interminable, caliente, reseco, sofocante y, cuando uno logra superarlo, se encuentra desorientado, perdido.
Para el hincha de All Boys, los años malos –¡cuántos hubo!– tenían el agravante del desánimo: el libro de pases en el verano era puro desaliento, ya que los buenos jugadores se habían ido, y habían llegado un par de flojos para pelear el puesto con los flojos que ya teníamos.
Este año, a pesar del sabor a viruta metálica que tiene la lucha desesperada por mantenernos en Primera, me he encontrado mucho más alerta que en otros estíos. No sólo he chusmeado vía Twitter los posibles refuerzos del Albo, sino que hasta he googleado a Martín Morel, el nuevo refuerzo del equipo.
Está claro que la curiosidad es un músculo que se ejercita especialmente en las buenas.
sábado, 3 de diciembre de 2011
Aleta
Chan, chan.A pesar de tanta patada y tanta brazada, a pesar de la fe en que, de un modo u otro, vamos a llegar a la orilla, de pronto un triangulito inequívoco aparece en el campo visual del hincha de All Boys. Es una aleta, la del tiburón blanco de la zona del descenso.
Chan-chan.
No es que no la conozcamos: en la temporada pasada, sin ir más lejos, nos anduvo oliendo la sangre de los talones casi hasta la última fecha. Seguimos en la élite, seguimos viviendo una fiesta –la perspectiva histórica tiene eso–, seguimos confiando en nuestros héroes, seguimos apostando a los recién llegados.
Chan-chan, chan-chan…
Pero la sucesión de malos partidos y la sensación de equipo cansado, exacerban el olfato del escualo. Es cierto que no estamos chapoteando solos, y que la carne de otros equipos con bajo promedio quizás le termine resultando tan o más tentadora que la nuestra a las fauces temidas. Qué poco solidaria es la lucha por mantener la categoría.
Chan-chan, chan-chan, chan-chan, chan-chan, chan-chan…
Los interrogantes quedan planteados. ¿De qué cuadro será Roy Scheider? ¿Le gustará el soccer a Steven Spielberg? ¿Habrá algún hincha de All Boys exiliado haciendo fuerza desde Amityville? ¿Una lavada de cara y un par de buenos refuerzos alcanzarán para zafar?
lunes, 7 de noviembre de 2011
Manual del hincha puteador
Hay muchos lugares comunes en torno a la puteada en situación de cancha; como plantear que funciona como catarsis para las frustraciones de la vida extrafutbolística, o como inferir que es un legítimo derecho de quien paga la entrada.
Yo tengo dos observaciones al respecto. La primera, es que los insultos en la cancha me han prodigado momentos de hilaridad extrema, de esos cuyo mero recuerdo compartido lleva a llorar literalmente de risa. Podría enumerar insultos de cancha inolvidables con mis hermanos Fernando y Juan Manuel, o con mis amigos Adrián Felcman, Leonel D’Agostino, Martín Correa, Leandro Barril; no sólo viendo a All Boys; también a River, a Ferro, a la Selección.
La segunda observación es de índole moral: no todos los insultos son válidos. No me refiero a la naturaleza del insulto en sí –desde ya, el Álbum Blanco repudia las expresiones discriminatorias, racistas–; sino a sus destinatarios. Hay formas de insultar sin dejar de ser una buena persona.
No acepto nunca el insulto a la tropa propia: jugadores, entrenadores, dirigentes de All Boys. Salvo situaciones muy groseras –gesto agraviante hacia la tribuna, por caso– no se debe insultar a quienes nos representan con la camiseta blanca. Podemos reprobar un pase mal hecho, un gol perdido, o un cambio con el que no coincidimos, pero no puteando. El recurso de la puteada, para que valga, tiene que ser mezquino, escaso, ocasional. No hay puteada más intrascendente que la de los bocasucias seriales soft onda Enrique Pinti.
Acepto sólo a veces el insulto al rival: jugadores, técnicos o hinchas. Me parece digno únicamente cuando han cometido una deslealtad grave; como un codazo o planchazo; o como –otra vez– un gesto soez a la tribuna. Jamás putearía a un rival porque nos hizo un golazo. A veces hay que saber cómersela doblada.
Acepto casi siempre el insulto a la autoridad. Los latrocinios arbitrales y –salvando las distancias– las barbaridades policiales son desencadenantes de genuina furia en el corazón. La máxima martinfierrista “Hacete amigo del juez” no sirve en la cancha; nunca hicimos amistades.
Hay otros destinatarios posibles del insulto futbolero, claro. Se trata de insultar a “los de arriba”: cúpula de la Afa, gobernantes nacionales, Dios. Resulta curioso que cuando se los insulta, por lo general, es por una buena razón.
sábado, 8 de octubre de 2011
Córnea y corazón
Indio Solari, Redonditos de Ricota.
Vi mi límite. O mejor dicho, no lo vi.
El primer gol que Juan Carlos Ferreyra le hizo a Arsenal me llevó a cuestionar mi propia percepción, pero también mi propia integridad. Es que no me pareció mano. Escuchaba la condena unánime, veía cada reiteración por TV, y a pesar de que todos decían notar con claridad que el vasto delantero del Albo había empujado la pelota con la mano, yo no coincidía. ¿El corazón me estaba tapando los ojos? Para mí, no había sido mano.
Hasta que cierta repetición, desde otro ángulo, venció la ceguera; esa ceguera, al menos. Sí, había sido mano. Ouch. Mano indudable, si se la observaba desde el nuevo punto de vista.
Duelen los papelones. Primero, pensé que este papelón no había sido una derrota óptica, sino una derrota espiritual: inferí que quien me había vencido había sido mi propio deseo de hincha, mi propia necesidad –no equitativa, no imparcial, no desinteresada– de que el gol fuera legítimo.
Pero después cambié de opinión. Y preferí considerar que mi error había sido un fenómeno óptico, nomás. Maldito astigmatismo, malditos anteojos. Es mejor sospechar arritmias en las córneas, que acusar de chicato al corazón.
domingo, 11 de septiembre de 2011
Lluvia de mierda
Ahí estará la estadística, para evocar algunas lejanas goleadas cortesía de Quilmes, Boca… Yo siempre recuerdo –porque me tocó estar en la cancha– un 0-5 contra San Martín en San Juan; y otros 5 que nos hizo Italiano en Floresta (según creo –no pienso googlearlo–, con un festival del Mutante Silverio Penayo y del Tano Piersimone). No son recuerdos lindos. No es un día para recuerdos lindos.
No creo que ayude demasiado el espíritu de puteada indiscriminada que suele estar ahí, tan a mano, en estos casos. Más allá de las dudas por los refuerzos, y de los malos momentos de algunos de nuestros héroes del último lustro, mejor no empezar a pedir cambios drásticos. Me conformo con confiar en que, cuando el Albo recupere a Agustín Torassa y a Hugo Barrientos, las cosas van a estar mejor. De todos modos, confieso: desde que salimos campeones de la B Metro en el 2008, yo nunca solté la calculadora.
Pero para ponernos cerebrales hay tiempo. Ahora es momento de ponernos hielo en los ojos morados que nos quedaron desde ayer. En los seis ojos morados.
miércoles, 24 de agosto de 2011
Era neCesáreo
Primero, el enojo. Es puntual (aunque no por un solo punto, sino por varios; casi una línea de puntos). Que lo lesionaron a Agustín Torassa y Baliño ni sancionó infracción. Que la cantidad de fouls discutibles cobrados en beneficio del delantero rival Darío Gandín sólo se justifican si Baliño lo tiene en el Gran DT. Que uno de esos fouls discutibles terminó en el gol del triunfo de los rafaelinos (hasta Clarín discutió el tiro libre). En fin, el consuelo que me queda es que Baliño, gracias a su apellido, debe haber tenido una infancia muy difícil, con tantas burlas sufridas en la escuela primaria, que debe haber quedado con un trauma que lo lleva a ejercer injusticias y crueldades. Como diría Nelson: “Baliño, ha-ha”.
Segundo, la paranoia. Es comprensible, de ningún modo luce como un X-File situado en Floresta. Tiene que ver con la enérgica (y muy pública) oposición de Roberto Bugallo a los cambios en los torneos de Afa. ¿Acaso los arbitrajes empezarán, como quien no quiere la cosa, a pasarle facturas a All Boys por la firme postura del presidente del club en contra de un proyecto del oficialismo futbolístico? Auch.
Tercero, la pregunta. Es panorámica, trasciende la coyuntura. ¿Puede un hincha sentir hacia los árbitros algo que no sea ira, desdén, desprecio ni ningún sentimiento negativo? ¿Sería normal que en la tribuna se experimente hacia un referí gratitud, admiración, respeto o cualquier sentimiento positivo? Infiero que la respuesta es negativa. Casi con vergüenza –cívica, no deportiva– admito que nunca tuve sentimientos nobles hacia un árbitro. O casi nunca; en realidad, hubo un caso.
Cesáreo Ronzitti fue árbitro entre los ’80 y los ’90. Cada vez que era designado para dirigir un partido del Albo, recuerdo que en Floresta había cierta sensación de alivio. Como decía, por entonces, el relator Pablo Ladaga: “Es ne-Cesáreo, Ronzitti”. No tengo estadísticas, aunque sé perfectamente que Ronzitti dirigió aquel inolvidable partido de 1993 en el que el Albo venció a Defensores de Belgrano, en Ferro, y consiguió el título de la B Metropolitana.
No creo que Cesáreo fuera hincha de All Boys. Nunca escuché nada que manchara su honor deportivo. No se han sedimentado en mi memoria anécdotas sobre fallos polémicos, ni a favor, ni en contra del Blanco. Pero sí recuerdo que el nombre de Cesáreo Ronzitti no generaba en el espinazo de los hinchas ese escalofrío maligno que suele acompañar la sola mención de apellidos arbitrales como Sliwa, Marconi, Bongianinno, Abal… O como, en adelante, Baliño. Malvenido al club.
