Algún otro descenso hemos visto. Alguna final perdida, también. También, por suerte, alegrías descomunales. Hoy estoy sorprendido: a pesar de mi condición de hincha venenoso y pesimista, debo reconocer que, en este ciclo, las alegrías me han tocado más hondo que las tristezas.
Duele, sí, pero no tanto. Tal vez sea sabiduría. O genuino agradecimiento a unos cuántos héroes.
All Boys se fue a la B, pero sigue estando en el mismo lugar de siempre.
lunes, 5 de mayo de 2014
miércoles, 9 de abril de 2014
Once contra once… ¿conté bien?
La paridad casi siempre es un supuesto, una ficción.
Suponer que un partido de fútbol comienza con un equilibrio de fuerzas sólo
porque cada equipo está conformado por la misma cantidad de jugadores, es como
suponer que once sandías llenan tanto como once pasas de uva.
Imagino un partido: el Barcelona de Messi, Neymar/Ronaldinho, Iniesta,
Xavi, contra el Victoriano Arenas de Fulano, Mengano, NN y el Pibe Gandorfio (o
bien, contra el All Boys de Ricardo Rodríguez…). El árbitro expulsa a un
jugador, de cualquiera de los dos equipos. ¿Quién se anima a decir “con la
expulsión se rompió la paridad, todo se hizo más fácil”?
Desde el vamos, esta aventura de All Boys en Primera supone que somos los más
débiles en muuuuuchos casos. Hay un largo entramado de variables (riqueza y
extensión de los planteles, montos de los contratos, respaldos financieros, prebendas
dirigenciales, empresariales, regulatorias, políticas y de todo tipo, lobbies
varios) que hace que, ante gran parte de los equipos de la categoría, el Albo
esté abajo, muy abajo; casi perdiendo 1-0 antes de empezar a jugar. Aceptado
eso, cualquier ventaja mínima a favor del rival equivale a descalabro total.
No hace falta que sean cinco goles mal anulados ni seis offsides evidentes.
Las pequeñas injusticias que te asesta el árbitro, cuando sos el más débil, se
convierten en condenas.
Recuerdo una frase valentona de un ex jugador de All Boys, Carlos El Loco
Enrique: “En la cancha somos once contra once, y todos tenemos dos patitas y
dos manitos”. Es cierto: muchas veces, la cantidad de pies y manos es casi lo único
que tienen en común dos equipos que se enfrentan.
viernes, 16 de agosto de 2013
De Floresta al mundo, del mundo a Floresta
La última incorporación de All Boys en este receso, la del –para mí, ignoto–
mediocampista chileno Gonzalo Espinoza, me dejó pensando en qué otros jugadores
transandinos recordaba con la camiseta del Albo. Como la tarea fue infructuosa,
y el dogma autoimpuesto exigía no googlear, amplié la cavilación y me propuse tantear
cuántos extranjeros, según mi memoria, habían vestido los colores del
club-insignia de Floresta.
Mi memoria alcanza, claro, no mucho más que 30 años atrás. Pero me alcanzó para
dar con un puñado de uruguayos y paraguayos, unos cuantos brasileños y
colombianos, y algunas excentricidades llegadas desde México, los Estados
Unidos, Italia y ¡Grecia!
Este fue el resultado, lo armo como equipo.
El helénico Maximiliano Kadijevic, de los mejores usuarios de buzo que vi en
la era pre-Nico Cambiasso, fue el único arquero que encontré.
Postulo defensa con el mártir paraguayo Hernán Florentín, el áspero
brasileño Fernando Barros, el uruguayo xeneize Richard Tavares –que mucho esperamos y nunca volvió– y el oblongo guaraní
que fuera campeón continental con Cienciano de Cuzco, Carlos Lugo.
En el mediocampo, vamos con el neoyorquino Renato Corsi, el campeón e ídolo
llegado del Paraguay, Elvio Castellano Villalba; el montevideano monumental Juan
Pablo Rodríguez y el hábil niño colombiano Santiago Montoya Muñoz.
Dos puntas, de lo poco que había para elegir en esa línea (y además jugaron
juntos): por afuera, el veloz oriental Edison Tavares, y por adentro, la bestia
negra para la gente de Mataderos, el brasileñísimo ariete Ronaldo.
Dejamos calentar en el banco de suplentes al fallido goleador paraguayo
Eugenio Peralta Cabrera, al livianiiiito delantero uruguayo Martín Coyto, al olvidable volante oriental Johnny Aquino, al
desesperante zaguero cafetero Julián Mosquera, al paracaidista defensivo mexicano
Moisés Gonzáles (ay, los ’90, el uno a uno…) y al volante napolitano hijo de
Ramón, Emiliano Díaz. Y dejamos descansar en paz al colombiano Albeiro Palomo Usuriaga, que tan poco hizo en
Floresta.
Desde ya: los hinchas del Albo que se crean inmortales o con suficiente tiempo
como para desperdiciarlo en estas cosas, bien pueden salvar, con sus aportes,
mis más que probables olvidos.
viernes, 2 de agosto de 2013
¿Poné a los pibes? Ponélos vos…
Al hincha siempre lo moviliza el pedido por los pibes, es decir,
por la inclusión en el equipo de Primera de futbolistas
juveniles, productos briosos y ricos en acné de las divisiones
inferiores.
Es que los pibes son todo promesa: renovación de espíritu, sangre
joven, energías ilimitadas, presuntas virtudes desconocidas, identificación con
el club, desparpajo de amateur, ausencia de mañas propias de los ajados y
curtidos jugadores superprofesionales. ¿Quién no sueña con que el 10 de la
sexta división de su club no sea el próximo Maradona, el próximo Messi? Si le
pasó a Argentinos Juniors o a Newell’s, ¿por qué no nos va a pasar a nosotros?
La promoción de jóvenes futbolistas del semillero (evítese el
españolismo forzado, tilingo de “canterano”) supone, también, eventuales y
nobles aspiraciones económicas: en cada chico que se afianza en Primera subyace
la latente zanahoria en metálico de una futura venta millonaria al extranjero,
de cuantiosos ingresos que podrían hacer crecer al club y proveerle un futuro
de grandeza y opulencia.
Sin embargo, nadie busca lo peor para el equipo que está saliendo
en minutos a la cancha. Ningún hincha pensará en entregar el muy real y chivo
partido de hoy, en pos de apostar por el futuro, siempre escurridizo e
intangible. Lo de “Poné a los pibes” no se lee como una fábula de desprecio por
los viejos, sino que supone que los pibes que aún no jugaron son, o podrían
ser, mejores que los veteranos, aburguesados, carros viejos que ya están
jugando.
La experiencia cercana en el Albo no fundamenta esa idea, casi
cercana al “Diario de la guerra del cerdo”. Nuestros años dorados, los
transcurridos desde el 2008 hasta hoy, fueron protagonizados casi en forma
excluyente por jugadores veteranos. Con honrosas excepciones de héroes jóvenes
(Ferrari, Gigliotti, Pérez García), los grandes jugadores de esta era han sido
mayores de 29: Cambiasso, Sánchez, Campodónico, Fayart, Zárate, Matos,
Barrientos… Jugadores de cutis arrugado, largas biografías y escaso o nulo
valor de reventa.
Acaso Pepe Romero no haya sido un gran cultor de la promoción de
juveniles. O acaso en All Boys no hayan abundado los pibes lo suficientemente
buenos como para ganar titularidad.
Se vislumbra una regla: a iguales habilidades, priorizar al
juvenil. A iguales aptitudes, a igual estado físico, priorizar al juvenil. Pero
si el treintañero promete mejor rendimiento que el chico, ¿no debería jugar el
veterano? ¿Dar ventajas esta tarde en pos de apostar a un futuro próspero?
¿Preferimos perder hoy para ganar mañana?
martes, 18 de junio de 2013
Los grandes no lloran
“…Trato de reírme de esto,
escondiendo
las lágrimas en mis ojos,
porque los
chicos no lloran…”
(Robert Smith, Lol Tolhurst, Michael Dempsey)
No termino de comprar lo de los clubes ricos que
tienen tristeza. No quisiera sonar insensible, ni exagerar revanchismos de
clase, pero el dolor circunstancial de los poderosos, de los reyes de copas, de
los millonarios, no puede compararse con las privaciones constantes,
existenciales, casi preestablecidas de los humildes.
Lloran los hinchas de clubes grandes porque, por
una vez, se van a la B. Y es un llanto llorón, un lamento sin miedo real: saben
que en unos meses, 12 o 24, estarán de nuevo en la élite. Saben que este
tropezón no implicará que no sigan llegando jugadores de renombre, ni que sus
partidos dejen de ser televisados, ni que los reflectores mediáticos vayan a
ningunearles la luz. Así funciona el mundo.
Ante una situación similar, el dolor de los
humildes es otra cosa. Los que defendemos divisas indefendibles, por caso,
los hinchas de All Boys, sabemos el riesgo insondable que hay en el abismo.
Abundan los casos de clubes pequeños que en los últimos años estuvieron en
Primera, y de los que, desde sus descensos, nunca más se supo nada: Los Andes,
Almagro, Chacarita, Huracán de Tres Arroyos… ¿Desafiliados? ¿Quebrados?
¿Succionados por agujero negro? ¿Acaso abducidos por el ovni del oprobio?
No lloren, hinchas de Independiente. Tampoco los de
River, San Lorenzo, Racing, Juventus, América de Cali o Atlético Madrid. No nos
roben el orgullo de ser los muchachitos losers de esta
película que es el fútbol.
lunes, 29 de abril de 2013
100 años, 100 historias
Algún día vendrá al caso contar, o no, porqué pasé el centenario del
Albo lejos de Floresta y cerca de la morfina. Lo cierto es que mi forma de
festejar los cien años del club fue participando del librazo 100 años, 100 historias, gracias a la
gentil invitación del querido Adolfo Cabezón Morales, uno de sus realizadores.
Me tocó escribir sobre un partido histórico que vi en la cancha: aquel All
Boys 3, Estudiantes de La Plata 1, por el Nacional B ‘94/’95, en Vélez. Aquí
comparto el texto que forma parte de ese libro imperdible.
Devuelvan La Plata
Por Javier Aguirre
Ganarle a un equipo con historia de campeón del mundo, a pesar de que te
sacó de tu cancha, a pesar de que tiene un plantel de estrellas de Selección, y
a pesar de que saldría campeón, a 11 puntos del segundo. Ganarle. Y encima,
pintarles la cara.
Algo de eso vivimos el 22 de abril del ’95, en el 3-1 sobre Estudiantes
de La Plata en Vélez, con el mejor equipo que tuvo All Boys en los Nacional B del
milenio pasado. El equipo que más se acercó a cierto amarronado jogo bonito, y que se convirtió en
favorito del ala esteta de esa bolsa de gatos de gustos futboleros que conforma
la hinchada del Albo.
Si se omiten los éxitos del plantel campeón en la Primera B 92/93, aquel
fue el triunfo más importante de All Boys en la década del ’90. Ese equipo
modelo Nacional B 94/95 vino con pase de mando en el banco de DT: el oscuro, ronco
y ornamental Ramón Adorno dejó su lugar al oscuro, ronco y amargado Angel Hugo
Bargas. La gracia era el ataque, que se corporizaba en tres jugadores; tres, el
número sagrado de los ataques temibles. Justamente, los tres que harían los
goles en la histórica victoria sobre los platenses. Eran un veterano en
declive, un héroe de la B y un juvenil descarte de Boca. Un goleador, un
gambeteador y un pasador. Un rústico, un desequilibrado y un gourmet. Un 9, un
7 y un 10. El Pirata, el Pato, el Gato.
Adrián Czornomaz pasaba por centrodelantero de equipo austríaco. Era un antiestético
treintañero que usó más de 20 camisetas y que en All Boys sólo jugó un año y
metió ¡26 goles! Un Pirata disfrazado de momia.
Damián Yáñez venía de triunfar en Talleres de Escalada. Era un roedor de
defensas que desbordaba, hacía goles y hasta se convirtió en musa de banderas
con su cara cuando regresó al Albo, ya en tiempos oscuros, seis años después.
Gastón Barroso parecía tenerlo todo; rubio, alto, pintón, ojos claros,
elegante, hábil, talentoso, fino, era el 10 de la reserva de Boca, debutaba en
la Primera de Boca… y le dijeron “chau”. Firmó en un club de la B: All Boys.
Ellos tres resultaron ser la fórmula y lideraron un equipo tan goleador
y vistoso que en Floresta sólo se lo recuerda con suspiros románticos y ojos
humedecidos. Consiguieron una gran temporada junto a un plantel de rol, que
incluía lo mejor de las inferiores del Albo en los ’90 (Julián Maidana, Hernán
Manrique, los mellizos Fernando y Patricio D’Amico, algunos minutos de un teen
Fernando Sánchez), además de una saeta rubia (Gustavo Bartelt) y de un ex
internacional con gloria que apreciaba una despedida digna (Juan Barbas). La tarde
mágica de ese equipo fue el triunfazo sobre el estelar Estudiantes de La Plata.
Aquel guión dramático, la curva narrativa que todo partido tiene, puede contarse
así:
EXTERIOR- ESTADIO VÉLEZ – DÍA – ESCENA 1
Primer tiempo. All Boys toca, toca, conato de baile, tiro libre, rebote
y la especialidad de Czornomaz, gol de pescador, 1-0 arriba. Sorpresa.
EXTERIOR- ESTADIO VÉLEZ – DÍA – ESCENA 2
Segundo tiempo, Estudiantes aprieta, el Albo toca, sale de contra, toca,
baile, corrida, toca, toca, Barroso, gol, 2-0. Descontrol, abrazos, alaridos.
EXTERIOR- ESTADIO VÉLEZ – TARDE – ESCENA 3
El arquero Osvaldo Langone, flojo, regala rebote indefendible y el
goleador pincha José Luis Calderón juega un As de Injusticias, 2-1, ahora
agarrate.
EXTERIOR- ESTADIO VÉLEZ – HORA MÁGICA – ESCENA 4
Resistencia heroica, una pena terminar sufriendo así, después de tanto
toque y baile, pero… Contraataca, toca, toca, gol de Yáñez, 3-1, euforia en el
Amalfitani, abrazos vaya a saber con quién, pisando butacas de puro ciegos.
No nos importa tanto que ese equipo logró meterse en el Reducido, ni que,
por supuesto, no haya conseguido el Ascenso a Primera. Tampoco duele que el
Pirata nunca volviera a Floresta, a pesar de permanecer años en la tribuna como
involuntario protagonista del hit merquero “La
que toma Maradona…”
Sí nos importa –por el resultado y por las formas– recordar ese día con
orgullo sibarita. Fue el único partido que se televisó aquel sábado, y por TV mucha
gente vio la descomunal, dramática paliza: David torturando y humillando a
Goliat. Esa semana, todos los hinchas del Albo recibimos felicitaciones por lo
bien que jugaba el equipo. Días ideales –como casi todos– para ser hincha de
All Boys.
lunes, 22 de abril de 2013
El salto del Ángel
Cuando, hoy, ningún relator del Fútbol Para Todos se priva de llamarlo “Ángel
del Gol”, me complace y sorprende saber que se están refiriendo a quien por una
década en Floresta conocimos como Angelito.
La historia Ángel Vildozo es una de esas que tienen lo que tanto escasea:
justicia poética. Se había ido después de haber sido, durante más de un lustro,
la mejor figura salida de las inferiores de All Boys en los días de
vacas esmirriadas, subalimentadas y famélicas de los principios del milenio.
Había llegado desde San Juan como casi adolescente, como inusual apuesta amateur
del club a un genuino producto de tierra adentro.
Vildozo llegó a la primera de All Boys, entonces, cuando estábamos en el
horno, en las catacumbas del Ascenso. Se convirtió en joven referente, goleador
e integrante, junto al Pato Pablo Solchaga, de la delantera ideal del Blanco en
la década del ‘00.
Pero no tuvo suerte. Se fue del club justo cuando llegó Pepe Romero, justo
cuando vendrían las buenas, justo cuando la historia iba a cambiar para bien.
Se hizo, otra vez, de abajo. De abajísimo: debió pelearla en clubes chicos
del fútbol del Pacífico (Chile, Ecuador) y –mientras el Albo ascendía–usar camisetas
ínfimas de la B Metropolitana (Comunicaciones, Colegiales). Hasta que un campañón
a puro gol, precisamente en Cole, abrió una puerta impensada: ya a los 31 años, ya con sus mejores años en la
espalda, ya no tan flaquito sino más musculoso, tendría su chance en la Primera
de Afa.
El destino jugó bien y su oportunidad grande sería en All Boys. Un regreso con justicia, comparable
acaso al que viviera otro exponente de las inferiores del Albo, el inmenso
Cabezón Fernando Sánchez.
Feo, guapo, anguloso, duro y taimado: podía parecer insólito apostar por un
tipo de 31 años que nunca había jugado en la Primera argentina, pero la de
Angelito resultó ser la incorporación más pilla
del año.
Llegó para comer banco primero, y para hacer el trabajo sucio tan pronto
como ganó la titularidad. Pero ya hizo mucho más. Partidazos contra Boca o
Independiente, personalidad, vehemencia, hambre, y sobre todo, goles. Vayan renovando ese contrato. Angelito está a pasitos de ser ídolo en Floresta.
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