viernes, 11 de julio de 2014

Por la gloria

Confirmado: Brasil 2014 es el mejor Mundial de todos los tiempos. Puedo fundamentarlo. 

A lo largo del torneo, él gritó su primer gol (el penal de Messi en la definición con Holanda en semifinal).

Quedó tan contento después de esa definición que, tras el último penal, mientras todos empezaban a festejar, él pidió: “Otro”.

Y que, también durante el Mundial, él dijo por primera vez “partido”, “pelota”, "gol”, “bandera”, “Argentina”. Y, lo más importante, dijo por primera vez “All Boys”.

Yo sí que me siento campeón del mundo. 

viernes, 6 de junio de 2014

Manual para armar un plantel

El presupuesto nunca sobra. Siempre hay que elegir cómo usar el dinero.

Si tuvieras 11 pesos para armar un equipo profesional, ¿cómo los usarías?

¿Un peso para cada jugador?

¿O destinarías dos pesos para cada uno de los “puestos esenciales” –dos para el arquero, dos para un zaguero, dos para un volante central, dos para un desequilibrante, tres para un goleador– y cubrirías el resto del equipo con juveniles?

¿Y si con dos pesos no alcanza para traer un jugador para ninguno de esos “puestos esenciales”? ¿Qué hacemos?

¿Le damos de baja al desequilibrante, metemos en ese lugar un juvenil, y destinamos esos dos pesos que recuperamos al 9, al 2, o acaso al 1?


Mi propuesta: el equipo se arma desde atrás… hasta donde alcance el presupuesto. 

lunes, 5 de mayo de 2014

A veces pasa

Algún otro descenso hemos visto. Alguna final perdida, también. También, por suerte, alegrías descomunales. Hoy estoy sorprendido: a pesar de mi condición de hincha venenoso y pesimista, debo reconocer que, en este ciclo, las alegrías me han tocado más hondo que las tristezas.

Duele, sí, pero no tanto. Tal vez sea sabiduría. O genuino agradecimiento a unos cuántos héroes.

All Boys se fue a la B, pero sigue estando en el mismo lugar de siempre.

miércoles, 9 de abril de 2014

Once contra once… ¿conté bien?

La paridad casi siempre es un supuesto, una ficción.

Suponer que un partido de fútbol comienza con un equilibrio de fuerzas sólo porque cada equipo está conformado por la misma cantidad de jugadores, es como suponer que once sandías llenan tanto como once pasas de uva.

Imagino un partido: el Barcelona de Messi, Neymar/Ronaldinho, Iniesta, Xavi, contra el Victoriano Arenas de Fulano, Mengano, NN y el Pibe Gandorfio (o bien, contra el All Boys de Ricardo Rodríguez…). El árbitro expulsa a un jugador, de cualquiera de los dos equipos. ¿Quién se anima a decir “con la expulsión se rompió la paridad, todo se hizo más fácil”?

Desde el vamos, esta aventura de All Boys en Primera supone que somos los más débiles en muuuuuchos casos. Hay un largo entramado de variables (riqueza y extensión de los planteles, montos de los contratos, respaldos financieros, prebendas dirigenciales, empresariales, regulatorias, políticas y de todo tipo, lobbies varios) que hace que, ante gran parte de los equipos de la categoría, el Albo esté abajo, muy abajo; casi perdiendo 1-0 antes de empezar a jugar. Aceptado eso, cualquier ventaja mínima a favor del rival equivale a descalabro total.

No hace falta que sean cinco goles mal anulados ni seis offsides evidentes. Las pequeñas injusticias que te asesta el árbitro, cuando sos el más débil, se convierten en condenas.  


Recuerdo una frase valentona de un ex jugador de All Boys, Carlos El Loco Enrique: “En la cancha somos once contra once, y todos tenemos dos patitas y dos manitos”. Es cierto: muchas veces, la cantidad de pies y manos es casi lo único que tienen en común dos equipos que se enfrentan. 

viernes, 16 de agosto de 2013

De Floresta al mundo, del mundo a Floresta

La última incorporación de All Boys en este receso, la del –para mí, ignoto– mediocampista chileno Gonzalo Espinoza, me dejó pensando en qué otros jugadores transandinos recordaba con la camiseta del Albo. Como la tarea fue infructuosa, y el dogma autoimpuesto exigía no googlear, amplié la cavilación y me propuse tantear cuántos extranjeros, según mi memoria, habían vestido los colores del club-insignia de Floresta.

Mi memoria alcanza, claro, no mucho más que 30 años atrás. Pero me alcanzó para dar con un puñado de uruguayos y paraguayos, unos cuantos brasileños y colombianos, y algunas excentricidades llegadas desde México, los Estados Unidos, Italia y ¡Grecia!

Este fue el resultado, lo armo como equipo.

El helénico Maximiliano Kadijevic, de los mejores usuarios de buzo que vi en la era pre-Nico Cambiasso, fue el único arquero que encontré.

Postulo defensa con el mártir paraguayo Hernán Florentín, el áspero brasileño Fernando Barros, el uruguayo xeneize Richard Tavares –que  mucho esperamos y nunca volvió– y el oblongo guaraní que fuera campeón continental con Cienciano de Cuzco, Carlos Lugo.

En el mediocampo, vamos con el neoyorquino Renato Corsi, el campeón e ídolo llegado del Paraguay, Elvio Castellano Villalba; el montevideano monumental Juan Pablo Rodríguez y el hábil niño colombiano Santiago Montoya Muñoz.

Dos puntas, de lo poco que había para elegir en esa línea (y además jugaron juntos): por afuera, el veloz oriental Edison Tavares, y por adentro, la bestia negra para la gente de Mataderos, el brasileñísimo ariete Ronaldo.

Dejamos calentar en el banco de suplentes al fallido goleador paraguayo Eugenio Peralta Cabrera, al livianiiiito delantero uruguayo Martín Coyto, al olvidable volante oriental Johnny Aquino, al desesperante zaguero cafetero Julián Mosquera, al paracaidista defensivo mexicano Moisés Gonzáles (ay, los ’90, el uno a uno…) y al volante napolitano hijo de Ramón, Emiliano Díaz. Y dejamos descansar en paz al colombiano Albeiro Palomo Usuriaga, que tan poco hizo en Floresta.

Desde ya: los hinchas del Albo que se crean inmortales o con suficiente tiempo como para desperdiciarlo en estas cosas, bien pueden salvar, con sus aportes, mis más que probables olvidos. 

viernes, 2 de agosto de 2013

¿Poné a los pibes? Ponélos vos…

Al hincha siempre lo moviliza el pedido por los pibes, es decir, por la inclusión en el equipo de Primera de futbolistas juveniles, productos briosos y ricos en acné de las divisiones inferiores.

Es que los pibes son todo promesa: renovación de espíritu, sangre joven, energías ilimitadas, presuntas virtudes desconocidas, identificación con el club, desparpajo de amateur, ausencia de mañas propias de los ajados y curtidos jugadores superprofesionales. ¿Quién no sueña con que el 10 de la sexta división de su club no sea el próximo Maradona, el próximo Messi? Si le pasó a Argentinos Juniors o a Newell’s, ¿por qué no nos va a pasar a nosotros?

La promoción de jóvenes futbolistas del semillero (evítese el españolismo forzado, tilingo de “canterano”) supone, también, eventuales y nobles aspiraciones económicas: en cada chico que se afianza en Primera subyace la latente zanahoria en metálico de una futura venta millonaria al extranjero, de cuantiosos ingresos que podrían hacer crecer al club y proveerle un futuro de grandeza y opulencia.

Sin embargo, nadie busca lo peor para el equipo que está saliendo en minutos a la cancha. Ningún hincha pensará en entregar el muy real y chivo partido de hoy, en pos de apostar por el futuro, siempre escurridizo e intangible. Lo de “Poné a los pibes” no se lee como una fábula de desprecio por los viejos, sino que supone que los pibes que aún no jugaron son, o podrían ser, mejores que los veteranos, aburguesados, carros viejos que ya están jugando.

La experiencia cercana en el Albo no fundamenta esa idea, casi cercana al “Diario de la guerra del cerdo”. Nuestros años dorados, los transcurridos desde el 2008 hasta hoy, fueron protagonizados casi en forma excluyente por jugadores veteranos. Con honrosas excepciones de héroes jóvenes (Ferrari, Gigliotti, Pérez García), los grandes jugadores de esta era han sido mayores de 29: Cambiasso, Sánchez, Campodónico, Fayart, Zárate, Matos, Barrientos… Jugadores de cutis arrugado, largas biografías y escaso o nulo valor de reventa.

Acaso Pepe Romero no haya sido un gran cultor de la promoción de juveniles. O acaso en All Boys no hayan abundado los pibes lo suficientemente buenos como para ganar titularidad.


Se vislumbra una regla: a iguales habilidades, priorizar al juvenil. A iguales aptitudes, a igual estado físico, priorizar al juvenil. Pero si el treintañero promete mejor rendimiento que el chico, ¿no debería jugar el veterano? ¿Dar ventajas esta tarde en pos de apostar a un futuro próspero? ¿Preferimos perder hoy para ganar mañana?

martes, 18 de junio de 2013

Los grandes no lloran

 “…Trato de reírme de esto,
 escondiendo las lágrimas en mis ojos,
porque los chicos no lloran…”
(Robert Smith, Lol Tolhurst, Michael Dempsey)

No termino de comprar lo de los clubes ricos que tienen tristeza. No quisiera sonar insensible, ni exagerar revanchismos de clase, pero el dolor circunstancial de los poderosos, de los reyes de copas, de los millonarios, no puede compararse con las privaciones constantes, existenciales, casi preestablecidas de los humildes. 

Lloran los hinchas de clubes grandes porque, por una vez, se van a la B. Y es un llanto llorón, un lamento sin miedo real: saben que en unos meses, 12 o 24, estarán de nuevo en la élite. Saben que este tropezón no implicará que no sigan llegando jugadores de renombre, ni que sus partidos dejen de ser televisados, ni que los reflectores mediáticos vayan a ningunearles la luz. Así funciona el mundo.

Ante una situación similar, el dolor de los humildes es otra cosa. Los que defendemos divisas indefendibles, por caso, los hinchas de All Boys, sabemos el riesgo insondable que hay en el abismo. Abundan los casos de clubes pequeños que en los últimos años estuvieron en Primera, y de los que, desde sus descensos, nunca más se supo nada: Los Andes, Almagro, Chacarita, Huracán de Tres Arroyos… ¿Desafiliados? ¿Quebrados? ¿Succionados por agujero negro? ¿Acaso abducidos por el ovni del oprobio? 


No lloren, hinchas de Independiente. Tampoco los de River, San Lorenzo, Racing, Juventus, América de Cali o Atlético Madrid. No nos roben el orgullo de ser los muchachitos losers de esta película que es el fútbol.