Ignoro si existe algún censo histórico de patrocinadores, un listado riguroso que consigne cuál fue el sponsor que auspició la camiseta de All Boys en cada temporada.
La memoria me trae apenas un puñado: Lácteos Barraza (cuya vaca campeona volará por siempre en la memoria alba del ascenso a Primera), los fiambres Riosma y los salames 2/14, Mejoral, Inca Seguros, Tersuave, Georgalos… ¿Alguien recuerda otros?
Es cierto que en los últimos años ese eventual relevamiento se habría complicado. Hasta no hace mucho, el sponsor era un único logo en medio de la camiseta; pero la necesidad económica, sumada al pésimo ejemplo de la siempre negativa Fórmula Uno, llevó a que ahora las camisetas de fútbol tengan un patrocinador en el pecho, otro en la espalda, uno en los hombros, uno en cada manga, uno en cada flanco intercostal, etc.
Sin embargo, y dedicado a quienes creen que la publicidad es mero mercantilismo, me siento tentado a armar un Ránking Afectivo de Publicidades Históricas de la Camiseta de All Boys (RAPHCAB). Nada tan afectivo, desinteresado y querible como un sponsor que pone plata en el club para que su logo decore el pecho de nuestros jugadores, ¿no?
En este viaje, mi voto como mejor auspiciante de todos los tiempos es para la autoproclamada “golosina nacional”, Mantecol, de la empresa Georgalos. No sólo porque en los ’80 su fábrica estaba frente al club y sonaba realmente a “capitales de Floresta reinvertidos en Floresta”, sino porque –y pido disculpas su me meto, ahora sí, en terrenos personalísimos– el Mantecol es mi golosina favorita.
Es como si Los Beatles pusieran su logo en la camiseta del Albo. O la Cámara Argentina de Productores de Frutillas. O el licor Baileys. O la serie “Seinfeld”. O los alfajores Havanna. O la heladería El Anta. O las zapatillas Adidas. O los teclados Roland. O los distribuidores de la próxima película de Woody Allen. Sería un placer para mí ver a cualquiera de ellos en la camiseta del Albo.
Y también, ya que estamos, sería un placer tener un canje con cualquiera de estas destacadas franquicias en el Álbum Blanco, claro.
lunes, 12 de julio de 2010
domingo, 4 de julio de 2010
Con las inscripciones cablegráficas no se jode
Todavía está abierto libro de pases, pero cuando llega el último día, los hinchas solemos enterarnos de que, al filo del cierre del período habilitado para transferencias e incorporaciones, resulta que los clubes, debido a alguna negociación aún no concluida, inscriben cablegráficamente a algún jugador.¿Inscribir cablegráficamente? ¿Qué es eso?
Alguna vez nos hemos reído del tema en la mesa de trabajo de Barcelona, seguramente con el cuervo Pablo Marchetti, el bostero Fer Sanchez, el gasolero Eduardo Blanco, el granate Dani Riera, el académico César Marchetti y el verdolaga Hernán Ameijeiras.
¿Se trata de una vetusta maquinola analógica, escondida en una pedorra oficina sin ventanas de la AFA, llena de cables, rodillos de papel y pistolas inyectoras de tinta? ¿Sólo se usa en los recesos de los torneos? ¿Quién la maneja, acaso un anciano burócrata que te puede contar en primera persona que en 1932 tipió con sus propios dedos el nombre de Bernabé Ferreyra, cuando llegó a River? ¿No se puede inscribir un jugador por e-mail? Son preguntas que perforan la conciencia del hincha de fútbol en cada receso.
Pero con las inscripciones cablegráficas no se jode: alguna vez, en 1998, Diego Armando Maradona fue anotado por esa vía para jugar en All Boys, entonces en el Nacional B. La foto no tiene nada que ver, fue sacada en el 2005, pero todo hincha del Albo la conoce. Y viene al caso.
viernes, 2 de julio de 2010
El Otro Yo
Hay un mexicano que se llama igual que yo, Javier Aguirre. Tuve esa revelación durante el mítico Mundial de México ’86, cuando mi meta-tocayo (¿doblemente tocayo?) jugaba con la camiseta número 13 del seleccionado de su país, y yo era un niño que veía el torneo de la gloria maradoniana sentado en el piso de la casa de mi abuela Peri.
Ahora Javier Aguirre es el director técnico de México, y estos últimos días vecinos del 3-1 de la Selección en octavos fueron muy raros. Según los diarios y los noticieros, “Javier Aguirre afirmó que...”, y yo no recuerdo haber afirmado nada de eso. Según los enviados especiales a Sudáfrica de los canales deportivos, “el esquema de Javier Aguirre buscó detener a Messi...”, y yo juro que no tengo ningún esquema, y si lo tuviera, jamás lo usaría en perjuicio de Messi.
Hasta Maradona habló de mí: dijo que me había dado un gran abrazo y aseguró que habíamos ido a comer juntos, hace tiempo, en Madrid. No voy a tirarme contra Diego en pleno Mundial, a sólo 48 horas del cruce temible ante los alemanes, pero debo decir que el Diez miente. No tuve el gusto de conocerlo personalmente, ni de abrazarlo, ni de comer con él, ni en Madrid ni en ningún otro lado.
La invasión de Javier Aguirre sobre mi vida tiene muchos capítulos. He recibido decenas de correos electrónicos de incautos hinchas de fútbol de México y España --este muchacho dirigió al Atlético Madrid hasta hace unos meses-- que, según el resultado del domingo, me felicitan por las alegrías que no les di, me alientan para que siga así y yo no sé a qué se refieren, me piden que dé una oportunidad a cierto jugador al que no conozco, o hasta me putean (con insultos mexicanos incomprensibles y ricos en “chingas”, “pinches” y “chingadas”) por alguna decisión que yo no tomé. Claro, mi email no es un alias codificado del tipo ja_87capo-de.floresta@criptomail.com, sino un austero e inequívoco javieraguirre@hotmail.com. Bah, no tan inequívoco, a juzgar por la cantidad de mails ajenos que recibo.
Alguna vez tuve la tentación de contestar esos correos, con la misma crueldad de quien le sigue la corriente a un llamado telefónico equivocado, y replicar, con tono de Chavo del 8: “Pues sabes que ese Cuahutémoc es un burro adicto a las tortas de jamón y al zumo de tamarindo, y fíjate que si no lo pongo es porque se me antoja en las chamarrotas”. No lo hice. De esto nadie tiene la culpa, y conviene no sumar más confusión.
Lo peor es la corazonada de que este canoso entrenador mexicano no es el único Javier Aguirre que anda por ahí, usurpando mi identidad sin saberlo. Un repaso por las guías telefónicas de España, América Latina y cuantas colonias hayan tenido los españoles en Asia o África, podrían arrojar cifras estremecedoras (al menos, estremecedoras para mí, y quizás, también para el DT) sobre la cantidad de javieresaguirres que habitan el mundo. Es que tanto mi nombre de pila como mi apellido son bastante comunes: si tuviera un nombre aymara combinado con un apellido lituano, o si hubiera adoptado un seudónimo cool e irrepetible, probablemente sería más difícil la homonimia.
Pero ya es tarde; tendré que resignarme y afrontar con hidalguía el terrible drama de no poder googlearme a mí mismo.
Publicado originalmente en Página/12, con el título "Las alegrías que no les di".
Ahora Javier Aguirre es el director técnico de México, y estos últimos días vecinos del 3-1 de la Selección en octavos fueron muy raros. Según los diarios y los noticieros, “Javier Aguirre afirmó que...”, y yo no recuerdo haber afirmado nada de eso. Según los enviados especiales a Sudáfrica de los canales deportivos, “el esquema de Javier Aguirre buscó detener a Messi...”, y yo juro que no tengo ningún esquema, y si lo tuviera, jamás lo usaría en perjuicio de Messi.
Hasta Maradona habló de mí: dijo que me había dado un gran abrazo y aseguró que habíamos ido a comer juntos, hace tiempo, en Madrid. No voy a tirarme contra Diego en pleno Mundial, a sólo 48 horas del cruce temible ante los alemanes, pero debo decir que el Diez miente. No tuve el gusto de conocerlo personalmente, ni de abrazarlo, ni de comer con él, ni en Madrid ni en ningún otro lado.
La invasión de Javier Aguirre sobre mi vida tiene muchos capítulos. He recibido decenas de correos electrónicos de incautos hinchas de fútbol de México y España --este muchacho dirigió al Atlético Madrid hasta hace unos meses-- que, según el resultado del domingo, me felicitan por las alegrías que no les di, me alientan para que siga así y yo no sé a qué se refieren, me piden que dé una oportunidad a cierto jugador al que no conozco, o hasta me putean (con insultos mexicanos incomprensibles y ricos en “chingas”, “pinches” y “chingadas”) por alguna decisión que yo no tomé. Claro, mi email no es un alias codificado del tipo ja_87capo-de.floresta@criptomail.com, sino un austero e inequívoco javieraguirre@hotmail.com. Bah, no tan inequívoco, a juzgar por la cantidad de mails ajenos que recibo.
Alguna vez tuve la tentación de contestar esos correos, con la misma crueldad de quien le sigue la corriente a un llamado telefónico equivocado, y replicar, con tono de Chavo del 8: “Pues sabes que ese Cuahutémoc es un burro adicto a las tortas de jamón y al zumo de tamarindo, y fíjate que si no lo pongo es porque se me antoja en las chamarrotas”. No lo hice. De esto nadie tiene la culpa, y conviene no sumar más confusión.
Lo peor es la corazonada de que este canoso entrenador mexicano no es el único Javier Aguirre que anda por ahí, usurpando mi identidad sin saberlo. Un repaso por las guías telefónicas de España, América Latina y cuantas colonias hayan tenido los españoles en Asia o África, podrían arrojar cifras estremecedoras (al menos, estremecedoras para mí, y quizás, también para el DT) sobre la cantidad de javieresaguirres que habitan el mundo. Es que tanto mi nombre de pila como mi apellido son bastante comunes: si tuviera un nombre aymara combinado con un apellido lituano, o si hubiera adoptado un seudónimo cool e irrepetible, probablemente sería más difícil la homonimia.
Pero ya es tarde; tendré que resignarme y afrontar con hidalguía el terrible drama de no poder googlearme a mí mismo.
Publicado originalmente en Página/12, con el título "Las alegrías que no les di".
domingo, 27 de junio de 2010
Nada fácil
Hay una frase jocosa que escuché algunas veces, y que integra el género de la Humorada Mediante la Comparación con la fórmula “más/ que”, de modo tal de aludir a la presunta inutilidad de alguien asociándole con un cenicero en una motocicleta, o de destacar la soledad de una persona equiparándola con la de Adán en el Día de la Madre. En fin, Héctor Larrea debe saber unos cuantos más.
Pero hay uno de estos refranes pícaros que nos incumbe especialmente. Lo oí por ahí hace años, volví a notarlo recientemente, y, en cierto modo, representa la inclusión oficial de nuestro querido Albo en el habla popular de los argentinos. Sirve para destacar la facilidad que supone una tarea, o bien una mujer, y dice: “Más fácil que All Boys con seis jugadores”.
Conozco al menos dos variantes que tienen, evidentemente, el mismo espíritu: “Más fácil que All Boys con dos expulsados” y “Más fácil que All Boys con cuatro hombres” (esta última supone un desconocimiento del reglamento del fútbol, ya que un equipo no puede presentar menos de seis jugadores en cancha, pero bueno, que la International Board de la Fifa se ocupe de refutar dichos populares).
Ríanse, nomás. Creo que el Inter de Mourinho y el Barcelona de Pep Guardiola también deben ser fáciles con 6 jugadores, así que no parece una afrenta hacia el Albo.
Y, a su anónimo autor, gracias por haber logrado algo nada fácil: hacer que All Boys trascienda al fútbol y forme parte del léxico de millones de argentinos.
Pero hay uno de estos refranes pícaros que nos incumbe especialmente. Lo oí por ahí hace años, volví a notarlo recientemente, y, en cierto modo, representa la inclusión oficial de nuestro querido Albo en el habla popular de los argentinos. Sirve para destacar la facilidad que supone una tarea, o bien una mujer, y dice: “Más fácil que All Boys con seis jugadores”.
Conozco al menos dos variantes que tienen, evidentemente, el mismo espíritu: “Más fácil que All Boys con dos expulsados” y “Más fácil que All Boys con cuatro hombres” (esta última supone un desconocimiento del reglamento del fútbol, ya que un equipo no puede presentar menos de seis jugadores en cancha, pero bueno, que la International Board de la Fifa se ocupe de refutar dichos populares).
Ríanse, nomás. Creo que el Inter de Mourinho y el Barcelona de Pep Guardiola también deben ser fáciles con 6 jugadores, así que no parece una afrenta hacia el Albo.
Y, a su anónimo autor, gracias por haber logrado algo nada fácil: hacer que All Boys trascienda al fútbol y forme parte del léxico de millones de argentinos.
martes, 15 de junio de 2010
Un nuevo paradigmA
Y de golpe ya nada es lo mismo en la relación con el fútbol; más allá del Mundial, y hasta de las expectativas por los refuerzos del Albo y de las polémicas por los jugadores que se fueron. Huelo que comienza un vínculo nuevo, con muy poco que ver con aquello que All Boys fue para mí durante toda mi vida.
Se fue esa sensación de hincha de la utopía (¡aguante Deportivo Utopía!), desapareció esa convicción de ser hincha de una causa indefendible (¡vamos, vamos, Atlético Causa Indefendible!), se esfumó ese espíritu de hincha de una secta desconocida (¡olé, olé, olé, olé; Club Secta Desconocida!).
¿Estoy diciendo que voy a extrañar esos partidos de sábado de invierno, a las 15 horas, ante escaso público y frente a equipos lamentables cuyos nombres –Berazategui, Flandria, Laferrère–, y lo digo de onda, generan hilaridad? Y, no, no los voy a extrañar. En todo caso, sí extrañaré tener doce años, e ir con mi viejo a compartir ese espectáculo imposible y áspero, pero tan vinculado a mi identidad.
Bienvenidas sean la grandeza, la bonanza, la euforia, el éxito, la fama… las buenas que ya iban a venir, y que de golpe, vinieron.
Se fue esa sensación de hincha de la utopía (¡aguante Deportivo Utopía!), desapareció esa convicción de ser hincha de una causa indefendible (¡vamos, vamos, Atlético Causa Indefendible!), se esfumó ese espíritu de hincha de una secta desconocida (¡olé, olé, olé, olé; Club Secta Desconocida!).
¿Estoy diciendo que voy a extrañar esos partidos de sábado de invierno, a las 15 horas, ante escaso público y frente a equipos lamentables cuyos nombres –Berazategui, Flandria, Laferrère–, y lo digo de onda, generan hilaridad? Y, no, no los voy a extrañar. En todo caso, sí extrañaré tener doce años, e ir con mi viejo a compartir ese espectáculo imposible y áspero, pero tan vinculado a mi identidad.
Bienvenidas sean la grandeza, la bonanza, la euforia, el éxito, la fama… las buenas que ya iban a venir, y que de golpe, vinieron.
domingo, 6 de junio de 2010
No se vayan, campeones
Debe ser difícil gobernar un país. Hagan el ejercicio por cinco minutos. ¿Qué hacemos? ¿A qué dedicamos el presupuesto que tenemos? ¡Escuelas! ¡Hospitales! ¡Transporte! ¡Cultura! ¡Investigación! ¡Seguridad social! “Pará de contar”, me interrumpen, “ya te excediste, tenés que bajar los gastos a la mitad…” Siempre que fantaseo con el poder llego a este callejón.
Traslado este ejercicio a la presidencia de un club –pongamos, sorpresa, All Boys– y a cómo administrar el presupuesto de un plantel durante cierto período –pongamos, sorpresa, este primer año en Primera–.
No hay manera de criticar las decisiones de Pepe Romero a la hora de armar planteles: desde su llegada a la dirección técnica del Albo parece tener una especie de Matrix o Zeitgeist en la que el ganador siempre es el club.
Se le podrá achacar a Mariano Pavone, o a José Luis Pitu Gómez, pero si recordamos cómo estábamos en la era pre-Pepe y cómo estamos ahora, diría Calamaro, basta de debate.
Eso no quita que vaya a doler si, nomás, se confirma que se quedan afuera del plantel de Primera tres bicampeones (consideramos la Promo ganada ante Central como un título, ¿no?) de alta gama como Fernando Fayart, Carlos Madeo y Pablo Solchaga.
Creo intuir los porqués de todas las decisiones. Yo mismo los he notado lentos a lo largo del torneo, especialmente al Turco Fayart, quien es el que más jugó de los tres, y a quien no podríase acusar de nada más: la garra con la que jugó todo el torneo, todos los torneos anteriores, y en especial la serie ante Central son concluyentes. Y el peor momento del Albo en los dos torneos Nacional B que acaban de pasar fue, justamente, el semestre en el que Fayart se fue a probar suerte a México. ¿No está ni para suplente en Primera? Uf…
Esa misma pregunta cabe para el conmovedor Siberiano Madeo: en el Nacional B jugó unos meses sí, unos meses no; se equivocó a veces, y otras tantas hizo goles decisivos, además de romperla en Arroyito. ¿También se queda afuera?
Entiendo todo: Las ideas más futboleras, como la de no tapar al joven Jonathan Ferrari, de partido consagratorio en Floresta en la Promo y ya con experiencia acumulada en buenas y malas. Y las más “administrativas”, para lo que vuelvo a la metáfora del estadista: si organizás un festival de cine, te quedás sin plata para organizar un plan de vacunación. O, en otras palabras, si tengo en el plantel cinco zagueros suplentes, me quedo sin plata para zagueros titulares.
El otro caso jodido es el del enorme Pato Solchaga. Para nuestro prócer de la B Metro (lo fue en “la” buena, en las varias malas y en las numerosas malísimas), las dos temporadas en el Nacional B fueron un fade out: primero por la lesión, y después por los goles postergadores de Emanuel Gigliotti, Mariano Campodónico o Mauro Matos, nunca volvió a ser lo que era para el Albo. Para sorpresa de muchos, Pepe lo incluyó unos minutos en cada partido ante Central, como si fueran los boletos del último tren.
El interés principal es All Boys, y no dudo de que Romero (y Bugallo) nunca perdieron eso de vista; y mucho menos, ahora.
Pero el único “pero” que me queda es esa sensación de tener 11 entradas para la mejor fiesta del mundo, y dejar afuera a los nobles compañeros de toda la vida.
Traslado este ejercicio a la presidencia de un club –pongamos, sorpresa, All Boys– y a cómo administrar el presupuesto de un plantel durante cierto período –pongamos, sorpresa, este primer año en Primera–.
No hay manera de criticar las decisiones de Pepe Romero a la hora de armar planteles: desde su llegada a la dirección técnica del Albo parece tener una especie de Matrix o Zeitgeist en la que el ganador siempre es el club.
Se le podrá achacar a Mariano Pavone, o a José Luis Pitu Gómez, pero si recordamos cómo estábamos en la era pre-Pepe y cómo estamos ahora, diría Calamaro, basta de debate.
Eso no quita que vaya a doler si, nomás, se confirma que se quedan afuera del plantel de Primera tres bicampeones (consideramos la Promo ganada ante Central como un título, ¿no?) de alta gama como Fernando Fayart, Carlos Madeo y Pablo Solchaga.
Creo intuir los porqués de todas las decisiones. Yo mismo los he notado lentos a lo largo del torneo, especialmente al Turco Fayart, quien es el que más jugó de los tres, y a quien no podríase acusar de nada más: la garra con la que jugó todo el torneo, todos los torneos anteriores, y en especial la serie ante Central son concluyentes. Y el peor momento del Albo en los dos torneos Nacional B que acaban de pasar fue, justamente, el semestre en el que Fayart se fue a probar suerte a México. ¿No está ni para suplente en Primera? Uf…
Esa misma pregunta cabe para el conmovedor Siberiano Madeo: en el Nacional B jugó unos meses sí, unos meses no; se equivocó a veces, y otras tantas hizo goles decisivos, además de romperla en Arroyito. ¿También se queda afuera?
Entiendo todo: Las ideas más futboleras, como la de no tapar al joven Jonathan Ferrari, de partido consagratorio en Floresta en la Promo y ya con experiencia acumulada en buenas y malas. Y las más “administrativas”, para lo que vuelvo a la metáfora del estadista: si organizás un festival de cine, te quedás sin plata para organizar un plan de vacunación. O, en otras palabras, si tengo en el plantel cinco zagueros suplentes, me quedo sin plata para zagueros titulares.
El otro caso jodido es el del enorme Pato Solchaga. Para nuestro prócer de la B Metro (lo fue en “la” buena, en las varias malas y en las numerosas malísimas), las dos temporadas en el Nacional B fueron un fade out: primero por la lesión, y después por los goles postergadores de Emanuel Gigliotti, Mariano Campodónico o Mauro Matos, nunca volvió a ser lo que era para el Albo. Para sorpresa de muchos, Pepe lo incluyó unos minutos en cada partido ante Central, como si fueran los boletos del último tren.
El interés principal es All Boys, y no dudo de que Romero (y Bugallo) nunca perdieron eso de vista; y mucho menos, ahora.
Pero el único “pero” que me queda es esa sensación de tener 11 entradas para la mejor fiesta del mundo, y dejar afuera a los nobles compañeros de toda la vida.
martes, 1 de junio de 2010
Los puntos fantasma
La temporada que viene, hermosa y de lujo, con el Albo en Primera, nos encontrará a los hinchas del Blanco con una calculadora a mano (por suerte los celulares, las agendas electrónicas y las computadoras siempre tienen una, así que no hay que salir corriendo a comprar nada). Mantener la categoría será el objetivo y, a quien quiera revisar cuentas, lo invito a actualizar el machete.
Sin embargo, y de cara a la endiablada olimpíada matemática que se nos planteará después del Mundial (la cantidad de puntos ganados, dividida por la cantidad de partidos jugados), no está de más reclamar lo que nos corresponde: ¿Por qué esos cuatro puntitos que el Albo sumó en la Promoción --uno en Floresta, tres en Arroyito-- no cuentan para el Promedio? Lo mismo le va a pasar a Gimnasia de La Plata.
Por alguna razón, los puntos de la Promoción no se suman. Son fantasmas, ánimas intangibles, ninguneadas en el sistema de Promedios. Son los únicos excluidos, los únicos no privilegiados, los discriminados. ¿Hay funcionarios futboleros en el Inadi, o sólo defienden los derechos de minorías religiosas, sexuales, sanitarias o étnicas?
Los equipos que ascienden y luego descienden, como acaba de pasar con Chacarita y Atlético Tucumán, podrán acceder en sus próximos promedios a los puntos que obtuvieron en la temporada 2008/2009, cuando ganaron el Nacional B. ¿Por qué el Albo se queda sin esos cuatro puntos que ganó en Primera, en partidos que hasta salieron de TyC Sports y fueron televisados bajo el ala de la élite deportiva que supone el Fútbol Para Todos?
Se me dirá: “La Promoción es un limbo matemático, como el desempate para un título, y por tanto, no forma parte de la ‘serie regular’ de partidos, con lo que se queda fuera de los promedios”.
Yo responderé: “¿Y por qué ese limbo sí entra en la jurisdicción de las sanciones disciplinarias, como bien lo saben Jonathan Ferrari (suspendido en la revancha de la Promo tras haber acumulado amonestaciones de hace un año) o Christian Vella y Matías Pérez García (suspendidos en la primera fecha del Apertura 2010 por haber sido amonestado contra Central en el Gigante)?”
Hagan la cuenta: cuatro puntos, divididos en dos partidos, da un promedio de 2,000. Sin embargo, el Albo arranca con 0,000. ¡Justicia!
Sin embargo, y de cara a la endiablada olimpíada matemática que se nos planteará después del Mundial (la cantidad de puntos ganados, dividida por la cantidad de partidos jugados), no está de más reclamar lo que nos corresponde: ¿Por qué esos cuatro puntitos que el Albo sumó en la Promoción --uno en Floresta, tres en Arroyito-- no cuentan para el Promedio? Lo mismo le va a pasar a Gimnasia de La Plata.
Por alguna razón, los puntos de la Promoción no se suman. Son fantasmas, ánimas intangibles, ninguneadas en el sistema de Promedios. Son los únicos excluidos, los únicos no privilegiados, los discriminados. ¿Hay funcionarios futboleros en el Inadi, o sólo defienden los derechos de minorías religiosas, sexuales, sanitarias o étnicas?
Los equipos que ascienden y luego descienden, como acaba de pasar con Chacarita y Atlético Tucumán, podrán acceder en sus próximos promedios a los puntos que obtuvieron en la temporada 2008/2009, cuando ganaron el Nacional B. ¿Por qué el Albo se queda sin esos cuatro puntos que ganó en Primera, en partidos que hasta salieron de TyC Sports y fueron televisados bajo el ala de la élite deportiva que supone el Fútbol Para Todos?
Se me dirá: “La Promoción es un limbo matemático, como el desempate para un título, y por tanto, no forma parte de la ‘serie regular’ de partidos, con lo que se queda fuera de los promedios”.
Yo responderé: “¿Y por qué ese limbo sí entra en la jurisdicción de las sanciones disciplinarias, como bien lo saben Jonathan Ferrari (suspendido en la revancha de la Promo tras haber acumulado amonestaciones de hace un año) o Christian Vella y Matías Pérez García (suspendidos en la primera fecha del Apertura 2010 por haber sido amonestado contra Central en el Gigante)?”
Hagan la cuenta: cuatro puntos, divididos en dos partidos, da un promedio de 2,000. Sin embargo, el Albo arranca con 0,000. ¡Justicia!
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