domingo, 11 de septiembre de 2011

Lluvia de mierda

Bueno, nos comimos seis en Mendoza. A veces pasa.

Ahí estará la estadística, para evocar algunas lejanas goleadas cortesía de Quilmes, Boca… Yo siempre recuerdo –porque me tocó estar en la cancha– un 0-5 contra San Martín en San Juan; y otros 5 que nos hizo Italiano en Floresta (según creo –no pienso googlearlo–, con un festival del Mutante Silverio Penayo y del Tano Piersimone). No son recuerdos lindos. No es un día para recuerdos lindos.

No creo que ayude demasiado el espíritu de puteada indiscriminada que suele estar ahí, tan a mano, en estos casos. Más allá de las dudas por los refuerzos, y de los malos momentos de algunos de nuestros héroes del último lustro, mejor no empezar a pedir cambios drásticos. Me conformo con confiar en que, cuando el Albo recupere a Agustín Torassa y a Hugo Barrientos, las cosas van a estar mejor. De todos modos, confieso: desde que salimos campeones de la B Metro en el 2008, yo nunca solté la calculadora.

Pero para ponernos cerebrales hay tiempo. Ahora es momento de ponernos hielo en los ojos morados que nos quedaron desde ayer. En los seis ojos morados.

miércoles, 24 de agosto de 2011

Era neCesáreo

El mal arbitraje de Jorge Baliño en la derrota del Albo ante Rafaela me dejó un enojo, una paranoia y una pregunta.

Primero, el enojo. Es puntual (aunque no por un solo punto, sino por varios; casi una línea de puntos). Que lo lesionaron a Agustín Torassa y Baliño ni sancionó infracción. Que la cantidad de fouls discutibles cobrados en beneficio del delantero rival Darío Gandín sólo se justifican si Baliño lo tiene en el Gran DT. Que uno de esos fouls discutibles terminó en el gol del triunfo de los rafaelinos (hasta Clarín discutió el tiro libre). En fin, el consuelo que me queda es que Baliño, gracias a su apellido, debe haber tenido una infancia muy difícil, con tantas burlas sufridas en la escuela primaria, que debe haber quedado con un trauma que lo lleva a ejercer injusticias y crueldades. Como diría Nelson: “Baliño, ha-ha”.

Segundo, la paranoia. Es comprensible, de ningún modo luce como un X-File situado en Floresta. Tiene que ver con la enérgica (y muy pública) oposición de Roberto Bugallo a los cambios en los torneos de Afa. ¿Acaso los arbitrajes empezarán, como quien no quiere la cosa, a pasarle facturas a All Boys por la firme postura del presidente del club en contra de un proyecto del oficialismo futbolístico? Auch.

Tercero, la pregunta. Es panorámica, trasciende la coyuntura. ¿Puede un hincha sentir hacia los árbitros algo que no sea ira, desdén, desprecio ni ningún sentimiento negativo? ¿Sería normal que en la tribuna se experimente hacia un referí gratitud, admiración, respeto o cualquier sentimiento positivo? Infiero que la respuesta es negativa. Casi con vergüenza –cívica, no deportiva– admito que nunca tuve sentimientos nobles hacia un árbitro. O casi nunca; en realidad, hubo un caso.

Cesáreo Ronzitti fue árbitro entre los ’80 y los ’90. Cada vez que era designado para dirigir un partido del Albo, recuerdo que en Floresta había cierta sensación de alivio. Como decía, por entonces, el relator Pablo Ladaga: “Es ne-Cesáreo, Ronzitti”. No tengo estadísticas, aunque sé perfectamente que Ronzitti dirigió aquel inolvidable partido de 1993 en el que el Albo venció a Defensores de Belgrano, en Ferro, y consiguió el título de la B Metropolitana.

No creo que Cesáreo fuera hincha de All Boys. Nunca escuché nada que manchara su honor deportivo. No se han sedimentado en mi memoria anécdotas sobre fallos polémicos, ni a favor, ni en contra del Blanco. Pero sí recuerdo que el nombre de Cesáreo Ronzitti no generaba en el espinazo de los hinchas ese escalofrío maligno que suele acompañar la sola mención de apellidos arbitrales como Sliwa, Marconi, Bongianinno, Abal… O como, en adelante, Baliño. Malvenido al club.

miércoles, 17 de agosto de 2011

Constant concept

(“En el fondo, siempre fui un freak…”)
Roberto Musso, El Cuarteto de Nos.

No sé si está bien lo que voy a contar. No, al menos, ante los ojos del arte. Comprensible, quizás, ante los ojos del fútbol.

Tuve la suerte de presenciar una performance-intervención, Instantes festivos, a cargo de la dupla de artistas plásticas Paula Pinedo/Gabriela Muollo.

No voy a contar en qué consistía la obra, pero sí que las performers llevaban unas máscaras blancas. Y que de pronto, acaso hechizado por el espíritu hipnótico de la experiencia, casi en la frontera de la vigilia y el sueño (un saludo a los lectores del Álbum Blanco que gusten del surrealismo), empecé a advertir que una de las máscaras me sonaba familiar: un rostro sereno, una frente enorme, una mirada insondable, una mandíbula cuadrangular… ¡Eduardo Domínguez! ¡La máscara de una de las artistas era notablemente parecida al rostro del gran zaguero central de All Boys!

Cualquiera, sí. Pero sospecho que a más de un hincha del Albo le habrá pasado alguna vez algo parecido, como creer ver a Cristian Vella en la multitud de Florida y Corrientes, o a Matías Pérez García como extra en una película de cowboys.

Cualquiera, sí. Así son los espejismos. Así somos los hinchas.

domingo, 31 de julio de 2011

Temporada 2011/2012: antes del diario del lunes

A falta de goles propios que celebrar, en el receso uno celebra las incorporaciones en el plantel; así como, a falta de goles rivales que sufrir, en el receso uno sufre las bajas en el plantel.

Claro; una vez terminada la temporada, es fácil mirar atrás y decir: “Yo sabía que el Burrito Ortega estaba terminado”. O golpearse el pecho: “Yo sabía que Manu Gigliotti, otra vez, la iba a romper con la camiseta de All Boys”.

Por eso, como ya es costumbre, el Álbum Blanco pone la cara y opina ahora, a lo bonzo, sobre la conformación del plantel para la temporada 2011/2012.

Primero, los adioses. El alejamiento del enorme Emmanuel Gigliotti, acaso previsible, va a doler: goles son amores. Y el de Carlos Casteglione, a pesar de sus lesiones, también: con él en cancha, el Albo siempre tuvo solidez. Las demás partidas… bueno, no parecen ser demasiado importantes, acaso con las excepciones de Ariel Zárate, Carlos Madeo, Marcelo Vieytes –en los tres casos, por razones deportivas y afectivas–, y también de Sebastián Grazzini, a quien, si acabamos de decir que goles son amores, hay que reconocerle sus gritos contra Vélez, Tigre y Estudiantes.

Ahora, las bienvenidas. Los regresos de Matías Pérez García y de Darío Stefanatto, evidentemente, nos alegran; aunque el 10 ya probó su valía en Primera y augura más certezas que el 5, quien jugó poco en Estudiantes y genera cierta incógnita sobre si podrá imponerse en la élite.

Las demás incorporaciones parecen ser, apenas, apuestas bienintencionadas. Lo es el retorno del mediapunta Hugo Bargas, saludable por el hecho de reafirmar la política de regresos, pero que no implica jugar a seguro. Parece pillo haber traído al veterano mediocampista Martín Zapata. Da un poquito de miedo el zaguero Facundo Quiroga, que tiene un currículum importante (Selección, Europa), pero con bloopers recientes (River, Huracán). Todo para ganar y nada que perder tienen los delanteros Juan Carlos Ferreyra y Carlos Salom, el defensor Maximiliano Coronel, el arquero Bernardo Leyenda y el enganche Patricio Pérez: nadie espera que sean figuras.

El gran acierto de Roberto Bugallo y la dirigencia es, otra vez, haber mantenido el grueso del plantel que viene de conquista en conquista desde hace cuatro años, así como la conducción, a cargo de Pepe Romero. Y el gran acierto de los hinchas será revalidar el respaldo a cada jugador que lleve la camiseta del club.

sábado, 23 de julio de 2011

Floresta: Barrio Chino (y Siberiano)

En estos tiempos dulces, el receso es doloroso para los hinchas de All Boys. Y mientras esperamos, como ansiosas colegialas frente al teléfono, cada dato sobre los jugadores que renuevan sus contratos o se suman al plantel, no está mal aplaudir un poco.

Primeros aplausos, para los notables comuñes de papel creados por el hábil albo Matías Rodríguez, un homenaje papirofléxico al plantel (con Pepe Romero y Roberto Bugallo incluidos) que nos permitió conservar la categoría en Primera. Para imprimir, recortar y armar. ¡Origami de barrio!

Los aplausos que siguen –nos vamos poniendo serios– son para tres héroes que dejaron el plantel de All Boys después de cuatro temporadas inolvidables.

Uno es el Querido Negro Marcelo Vieytes, cuya cabriola en Arroyito por siempre nos dilatará los poros de los brazos a todos los hinchas del Albo, y que ya protagonizó una página del Álbum Blanco.

El segundo es Ariel Zárate, quien dejó el fútbol y permanece en el club como mánager. Acaso por su veteranía, sus dos temporadas en el Nacional B y su último acto, en Primera, no lograron mostrarlo en el nivel con el que nos compró a todos los hinchas en el título obtenido en la B Metropolitana del 2008. En aquel torneo, no lo dudo, se convirtió en el mejor 10 que vi con la camiseta de All Boys. Armador, goleador, líder y jugador indispensable, Zárate estuvo a la altura de Alberto Pascutti y fue la cara de aquel equipo campeón. Gracias, Chino, por hacernos felices tantas veces.

El aplauso final es para el entrañable Carlos Madeo, acaso uno de los zagueros del Blanco que más me emocionó en la historia. Cuando llegó a Floresta lo creí un avatar de otro grande, Gustavo Minervino, pero finalmente Madeo construyó su propia gloria, a fuerza de jugarse el epitelio craneal en cada pelota.

Como hincha, pocas veces me sentí tan seguro como cuando Carlitos estuvo en cancha. Generoso como un guardavidas, noble como un husky, desinteresado como un escudo humano, temerario como un suicida, Madeo no sólo fue parte de un campeonato, un ascenso y dos permanencias; sino que representó como nadie la idea del marcador central heroico, del defensor romántico, símbolo del rollingstoneano rescate emocional. Gracias, Siberiano, por salvarnos tantas veces.

viernes, 8 de julio de 2011

El hincha reaccionario

¿Traicionarías tus convicciones, en pos de favorecer a tu equipo de fútbol? Esta chicana ético-futbolera, esta –algo gansa– reflexión sobre los límites de la ilimitada pasión que despierta el cuadro del que uno es hincha, alguna vez ha sido olisqueada en el Álbum Blanco.

¿Hasta qué punto puede ser uno imparcial, justo y equilibrado en un ámbito como el deportivo; que pasa, precisamente, por la competencia, por imponerse por sobre el prójimo, por ganarse el rol de ganador o bien comerse doblada la función de perdedor?

El cacareado descenso de River parece haber sacudido algunas estructuras, y haber disparado debates sobre tres supuestos del fútbol argentino que, desde hace rato, sonaban como admitidos, sino como inmutables: Que la Promoción es apasionante. Que los promedios son injustos pero favorecen a los poderosos. Y que Julio Grondona será el presidente de Afa por toda la eternidad.


Ahí está la Promoción, que enfrenta a uno que está arriba, que tiene todo para perder y que goza de ventaja deportiva; con otro que está abajo, que tiene todo para ganar, y que empieza perdiendo 1 a 0. Y que aún así, brinda mayor “movilidad social” entre una división y otra, aún cuando enfrenta a davides y goliates. Nada que discutir.

Ahí están los promedios, que si bien exigen que los clubes recién ascendidos paguen cierto derecho de piso matemático, otorgan cierto blindaje ante circunstanciales malas rachas, y premian y castigan aquello tan pedido como los procesos a largo plazo. Nada que discutir.

Y ahí está Julio Grondona, cuyo mandato en la AFA empezó en 1979 (ha sobrevivido a los de Videla, Viola, Galtieri, Bignone, Alfonsín, Menem, De la Rúa, Puerta, Rodríguez Saá, Caamaño, Duhalde, Kirchner, Fernández de Kirchner… ¿siguen las firmas?), y desde entonces ha cosechado toda clase de denuncias sobre complicidades, sobre manejos poco claros con el sector privado y con el Estado, sobre problemas crónicos de seguridad en las canchas... ¿Nada que discutir?

A todo esto, el Albo vive el momento más feliz de su historia. En términos futbolísticos, en Floresta nunca nos sentimos tan felices como hoy. ¿Y qué debería pensar el hincha de All Boys, entonces, en este contexto de sana euforia particular, y encarnizado debate general?

La buena relación entre Grondona y el presidente del Albo, (¡todos de pie en Floresta!) Roberto Bugallo, es un dato a considerar. Este presente maravilloso del club, es otro dato a considerar.

Si al Álbum Blanco, le dan a elegir entre conservadores y revolucionarios, seguramente elegirá la opción B. Está muy bueno cambiar para bien, crecer, progresar. Aunque esta vez es más difícil: este momento es tan lindo, que mejorarlo todavía más, no debe ser fácil.

No vamos a decir, “aguante Grondona”, claro. ¿Pero será muy mezquino postergar por un tiempito la revolución?

viernes, 24 de junio de 2011

Pepe Romero, DT de alta gama

Desde que José Santos Romero asumió como DT de All Boys, hace cuatro temporadas y pico, el club vivió una curva tan violentamente ascendente que, en términos futbolísticos, cambió todos los paradigmas en Floresta.

Es muy tentador rendirse a todo lo pintoresco que supone Pepe; la velada sorna de llamarlo “el Alex Ferguson de Floresta”, el rubor tierno de verlo tocando el acordeón por TV, la tolerancia forzosa de esperarlo todo el tiempo del mundo para que haga los cambios, la balsámica calma de escucharlo hablar como si nunca hubiera nada de lo que preocuparse.

La tradición nos ha hecho llegar sus glorias (truncas por lesión) como jugador del Albo. Nuestros propios ojos han constatado sus glorias intruncables como DT: conseguir dos ascensos en tres años, mantener la categoría en Primera y con el plus épico de llevarse puestos a grandes (Boca, River, Independiente) y encumbrados (Vélez, Estudiantes).

Valoro también la racional curva estética que los distintos All Boys de José Romero fueron teniendo según los saltos de categoría. En aquel campeonazo de la B Metropolitana 2007/08 gozamos lujos y fútbol delicioso. En las dos temporadas en el Nacional B vimos la sabia elasticidad de ir al frente en Floresta, pero tener cautela en las bocas de lobo del Interior sin televisación. Y en Primera División, adoptamos una bravura ganadora en todas las canchas, sin regalar nada en ninguna cancha.

Aún así, el gran público futbolero, que sólo vio al equipo de Pepe en su modelo de Primera, se ha cansado de decirnos: “Juega bien All Boys, eh”. Y sí, juega bien. Nunca le sobró nada –fue el equipo menos goleador del Clausura 2011, y el que tuvo más expulsiones–, pero su entrenador supo aprovechar los recursos como un administrador notable.

Y ahí está Pepe, con la mano en la pera: es el antónimo de esos entrenadores que se pasan la vida arrancándose el pelo, maldiciendo el universo y entregando sobreactuadas escenas de Oscar cada vez que hay una cámara.

Su continuidad es una gran noticia. Qué pena no usar sombrero: sería un buen momento para sacárselo y rendir pleitesía a Pepe Romero.