“Puede que consiga olvidar,/
puede que consiga recordar,/”
o tal vez sea mejor así, nomás”
(Andrés Calamaro)
No todos los clips de entretiempo del Fútbol para Todos muestran logros gubernamentales, algunos presentan himnos o canciones dedicadas a los veinte equipos de Primera División. Llegó el turno de que Canal 7 le cante al Albo, y la sorpresa fue alta: la versión 2011 del “Himno de All Boys” fue interpretada por un bailarín y ex coreógrafo de Susana Giménez llamado Marcelo Iripino.
La mofa de los hinchas de otros equipos fue inmediata, y acaso, entendible. Pasado el impacto inicial, bien vale postergar lo postergable, la cuestión del pintoresco intérprete que nos ha tocado en suerte como representante del Albo en el disco ¿de próxima aparición? FM AFA volumen 2010/11. Y bien vale destacar lo destacable: la canción en sí.
La versión original del “Himno de All Boys” puede escucharse todas las noches, a las 23, ya que es la cortina del programa de radio “La hora de All Boys”. Y más de una vez ha sonado por los altoparlantes del Islas Malvinas.
Fue compuesta en 1955 por dos artistas con trayectoria en el tango: el maestro Guillermo Meres fue autor de la música, cuya cadencia deja un regusto tanto al “Hino Nacional Brasileiro” como a la cortina de presentación de “Cha Cha Cha, el estigma del Dr. Vaporeso”. Y el cantor Carlos Acuña fue quien escribió la letra, que tiene la nac&pop particularidad de traducir “All Boys” como “todos pibes” –a diferencia de otras interpretaciones existentes menos argentinas, como “todos muchachos”, “todos chicos” o “todos niños”–, y que dice:
“Se levanta orgulloso, para gloria de Floresta,
un equipo de campeones, todo vibra y corazón.
Son los albos, los que luchan defendiendo sus colores.
Y su hinchada los proclama entonando este cantar:
‘Vamo’ All Boys, dale All Boys’; dicen todos con gran emoción.
‘Vamo' All Boys, dale All Boys’, lo repiten con todo fervor.
Si ganamos o perdemos mantengamos alta nuestra tradición.
Todos pibes, gritaremos: ‘¡Viva All Boys, viva All Boys, viva All Boys!’”
En cuanto a Iripino… me lo cruzaba todos los días en Telefé cuando él todavía era líder del Cuerpo de Susanos, y yo todavía escribía –junto al quemero Martín Correa, el candombero Diego Núñez y el elfo Alejandro Nemi– guiones para “El Imbatible”, y nunca supe que era de All Boys. Lo que de ningún modo implica caer en el macartismo tribunero de preguntarle a Iripino si alguna vez fue a la cancha de Morón, o si sabe de qué jugaba Lorenzo Sáez. En fin, algo tendrá el Albo, que cada tanto te trae un hermanos Marquesi, o un chayanne de río...
Hubiera preferido que lo grabara Freddie Mercury, Andy Chango, no sé... debe haber unos cuantos en la lista antes que Iripino. Pero es justo decir que está bueno que exista una nueva versión, con una calidad de sonido mucho mejor que la que era tecnológicamente posible en 1955. Y que esta versión, tan pop, del “Himno de All Boys” también tiene su encanto: el encanto del pop, claro.
miércoles, 27 de abril de 2011
lunes, 18 de abril de 2011
Chapómetro
La promocionada llegada a All Boys de Ariel Ortega propuso un debate indispensable en los bares, los maxikioscos y –por qué no decirlo– las licorerías y las vinerías de Floresta. ¿Es el Burrito el jugador más famoso de todos los tiempos en vestir la camiseta del Blanco?
Probablemente, con su carácter de gran ídolo de River, sus tres mundiales jugados, el Burrito sea nomás la celebridad más célebre en lucir la camiseta de All Boys. Y con más razón, en esta época tan pródiga en experimentos periodísticos.
¿Quiénes seguirían a Ortega en esa virtual medición de chapas? Quizás Sergio Batista, campeón y subcampeón del mundo con la Selección. O el más nuestro, el Zurdo Néstor Fabbri, subcampeón mundial en Italia ’90, con paso por Boca, Racing y el fútbol europeo.
¿Y después? ¿Acaso Juan Barbas, el Turco Claudio García, José Luis Villarreal, Daniel Brailovsky, el Palomo Albeiro Usuriaga, el Monito Roberto Zárate, el Ogro Cristian Fabbiani?
Ir más atrás en el tiempo me resulta imposible. Y nada asegura que no me haya salteado a algún jugador reciente.
Entiéndase bien el reglamento: se trata del futbolista con más chapa, con más flashes, con más pergaminos, con más status de estrella pop; y no del mejor jugador, ni del más idolatrado, ni del que más ha rendido con la camiseta de All Boys. Este punto resulta evidente en el caso del Burrito, al menos hasta el momento. Y ojalá muy pronto este último comentario prescriba.
miércoles, 6 de abril de 2011
Cómo hacer para no ser un hijo de puta
Ejercer con dignidad la pasión de hincha de fútbol, y al mismo tiempo, mantenerse dentro de los cánones socialmente aceptados para lo que podría considerarse “ser una buena persona”, resulta difícil y exigente.
Muchas de las características más comunes, más folclóricas, del hincha futbolero argentino están severamente reñidas con la bonhomía.
Ni siquiera hablo de los indefendibles ejemplos de trazo grueso, como la violencia entre hinchas, el lanzamiento de objetos peligrosos a futbolistas o árbitros, o las expresiones xenófobas proferidas a simpatizantes y jugadores de otros equipos.
Hay otros aspectos del hincha de fútbol, menos evidentes, pero también muy deleznables.
En especial, la ingratitud: yo jamás podría insultar ferozmente ni pedir la horca para personas que me han hecho muy feliz. Por caso, algunos jugadores, técnicos o dirigentes. Sin embargo, cuando vienen las malas, ahí están los foros en la Internet en los que podemos leer palabras horribles, sanguinarias, abrasivas, de hinchas de All Boys dirigidas a símbolos y líderes de este histórico momento del Albo. Ojo, todo bien con la construcción desde el disenso y con el pensamiento crítico (un saludo a los estudiantes de filosofía y a Luis Majul), pero un poquito de gratitud y justicia poética nunca vienen mal.
Otro gran problema es la incoherencia. El mecanismo de esperar maravillas de alguien y, si esas maravillas no llegan, pasar a considerar un imbécil a ese alguien y a quienes lo trajeron, es trampa: omite que, antes de que los hechos se consumaran, uno mismo también confiaba. Y por extensión, omite que uno -con toda la buena fe del mundo- tropezó con la misma piedra que quienes trajeron al imbécil en cuestión.
¿Acaso, en nombre de la pasión, es válido ser una fiera impiadosa y temperamental?
Una de dos: o la condición de hincha de fútbol brinda una identidad paralela, la del típico hermano mellizo de las telenovelas que resulta un tremendo hijo de puta. O bien entre los hinchas de fútbol la proporción de hijos de puta es realmente alta.
Muchas de las características más comunes, más folclóricas, del hincha futbolero argentino están severamente reñidas con la bonhomía.
Ni siquiera hablo de los indefendibles ejemplos de trazo grueso, como la violencia entre hinchas, el lanzamiento de objetos peligrosos a futbolistas o árbitros, o las expresiones xenófobas proferidas a simpatizantes y jugadores de otros equipos.
Hay otros aspectos del hincha de fútbol, menos evidentes, pero también muy deleznables.
En especial, la ingratitud: yo jamás podría insultar ferozmente ni pedir la horca para personas que me han hecho muy feliz. Por caso, algunos jugadores, técnicos o dirigentes. Sin embargo, cuando vienen las malas, ahí están los foros en la Internet en los que podemos leer palabras horribles, sanguinarias, abrasivas, de hinchas de All Boys dirigidas a símbolos y líderes de este histórico momento del Albo. Ojo, todo bien con la construcción desde el disenso y con el pensamiento crítico (un saludo a los estudiantes de filosofía y a Luis Majul), pero un poquito de gratitud y justicia poética nunca vienen mal.
Otro gran problema es la incoherencia. El mecanismo de esperar maravillas de alguien y, si esas maravillas no llegan, pasar a considerar un imbécil a ese alguien y a quienes lo trajeron, es trampa: omite que, antes de que los hechos se consumaran, uno mismo también confiaba. Y por extensión, omite que uno -con toda la buena fe del mundo- tropezó con la misma piedra que quienes trajeron al imbécil en cuestión.
¿Acaso, en nombre de la pasión, es válido ser una fiera impiadosa y temperamental?
Una de dos: o la condición de hincha de fútbol brinda una identidad paralela, la del típico hermano mellizo de las telenovelas que resulta un tremendo hijo de puta. O bien entre los hinchas de fútbol la proporción de hijos de puta es realmente alta.
lunes, 28 de marzo de 2011
A esto vinimos
En el blanco barco del Blanco, el pesimismo ya ha desplegado sus negras banderas; y la sensación de que estamos en el horno no nos la saca nadie.
A la hora de hablar sobre este torneo Clausura, el recurso periodístico de aportar datos puros y duros para fundamentar aquello que ya se sabe, vendría muy bien: 480 minutos sin hacer goles, 5 expulsados, 4 derrotas consecutivas, 2 autogoles, 1.153 de promedio, lo que equivale a estar en zona de Promoción, en una mesa con vista al descenso directo…
De todos modos, los datos puros y duros también pueden servir para no perder la compostura: aún no está nada dicho, All Boys depende de sí mismo, y con apenas un punto más no sólo igualaría a Olimpo en la tabla general, sino que automáticamente superaría a Huracán; y encima, definirá de local ante rivales directos como Gimnasia, Quilmes o Huracán.
No, no es momento para la fe ciega, sino para el pesimismo de quien tiene ojo de águila a la hora de mirar la tabla de posiciones.
Pero, por otro lado, la historia de All Boys en Primera –en los ’70, y también ahora– tiene exactamente el mismo sabor que todos en Floresta estamos degustando por estos días. Vivir un sueño… y estar hechos mierda. Darnos gustos como ganarles a River, Boca, Vélez, Independiente o Estudiantes… y recordar que no nos sobra nada justo a la hora definitoria. Gozar… y sufrir.
No me quejo. Me muerdo los dientes y supongo que disfruto. Finjo alegría. Para putear, tenemos toda la vida por delante. En cambio, para luchar, nos quedan sólo doce semanas. Todavía falta mucho sufrimiento, sí. Pero a eso vinimos.
A la hora de hablar sobre este torneo Clausura, el recurso periodístico de aportar datos puros y duros para fundamentar aquello que ya se sabe, vendría muy bien: 480 minutos sin hacer goles, 5 expulsados, 4 derrotas consecutivas, 2 autogoles, 1.153 de promedio, lo que equivale a estar en zona de Promoción, en una mesa con vista al descenso directo…
De todos modos, los datos puros y duros también pueden servir para no perder la compostura: aún no está nada dicho, All Boys depende de sí mismo, y con apenas un punto más no sólo igualaría a Olimpo en la tabla general, sino que automáticamente superaría a Huracán; y encima, definirá de local ante rivales directos como Gimnasia, Quilmes o Huracán.
No, no es momento para la fe ciega, sino para el pesimismo de quien tiene ojo de águila a la hora de mirar la tabla de posiciones.
Pero, por otro lado, la historia de All Boys en Primera –en los ’70, y también ahora– tiene exactamente el mismo sabor que todos en Floresta estamos degustando por estos días. Vivir un sueño… y estar hechos mierda. Darnos gustos como ganarles a River, Boca, Vélez, Independiente o Estudiantes… y recordar que no nos sobra nada justo a la hora definitoria. Gozar… y sufrir.
No me quejo. Me muerdo los dientes y supongo que disfruto. Finjo alegría. Para putear, tenemos toda la vida por delante. En cambio, para luchar, nos quedan sólo doce semanas. Todavía falta mucho sufrimiento, sí. Pero a eso vinimos.
viernes, 18 de marzo de 2011
Fayart, el insoportable
Jugar de marcador central en el fútbol profesional es uno de los trabajos en los que cierto tipo de crueldad –caballerosa, oportuna, medida– puede ser una virtud, como alguna vez ya se ha insinuado en el Álbum Blanco
Durante las tres temporadas y media en las que vistió la camiseta de All Boys, a Fernando Fayart nunca lo vi mezquinar a la hora de poner la pierna, a la hora de llevarse al mundo por delante, a la hora de demostrar que el amor propio termina siendo amor para el equipo.
Grandote, jetón, fuerte, difícil, feroz, el Turco Fayart ya estaba en el club desde antes del fabuloso sprint que comenzó en la temporada 2007/2008, que incluyó un campeonato y el ascenso que hoy tiene al Albo en Primera.
A pesar de que su apellido parecía una apelación al yerro poco auspiciosa para un zaguero –¡¿cuántas fallas y vacilaciones generaría una dupla entre Fayart y Emiliano Dudar?!–, y no obstante las dudas sobre su velocidad, Fernando de los Milagros fue un jugador clave en los logros del Blanco en el Ascenso.
Enorme en los partidos difíciles –como en la Promoción contra Rosario Central– y gigante en las dos áreas, Fayart integró junto a Carlos Madeo una de mis duplas favoritas de defensores centrales de All Boys de todos los tiempos.
Terminó de hechizarme de modo casual: hace un par de años, escuché en “La Gigante de All Boys” una entrevista veraniega a Darío Stefanatto, en la que el ex volante del Albo, en tono risueño, contaba anécdotas de los entrenamientos del equipo y no dudaba en definir a Fayart como “insoportable”.
In-so-por-ta-ble.
Nunca hablé personalmente con Fayart, pero la definición me pareció reveladora, y traté de intuir qué podía significar el adjetivo “insoportable” en este contexto: lo supuse hablador, fastidioso, arisco, bromista, agresivo, insistente, toqueteador, incansable, incapaz de dar por terminada una conversación… o una jugada.
Como esa crueldad selectiva, la insoportabilidad también suena a virtud en el caso de un zaguero central del Ascenso.
Hoy juega en Patronato, en el Nacional B, donde sigue siendo símbolo de guapeza y –probablemente– de insoportabilidad para compañeros y rivales. Ningún hincha de All Boys podrá decir que no lo extraña.
Durante las tres temporadas y media en las que vistió la camiseta de All Boys, a Fernando Fayart nunca lo vi mezquinar a la hora de poner la pierna, a la hora de llevarse al mundo por delante, a la hora de demostrar que el amor propio termina siendo amor para el equipo.
Grandote, jetón, fuerte, difícil, feroz, el Turco Fayart ya estaba en el club desde antes del fabuloso sprint que comenzó en la temporada 2007/2008, que incluyó un campeonato y el ascenso que hoy tiene al Albo en Primera.
A pesar de que su apellido parecía una apelación al yerro poco auspiciosa para un zaguero –¡¿cuántas fallas y vacilaciones generaría una dupla entre Fayart y Emiliano Dudar?!–, y no obstante las dudas sobre su velocidad, Fernando de los Milagros fue un jugador clave en los logros del Blanco en el Ascenso.
Enorme en los partidos difíciles –como en la Promoción contra Rosario Central– y gigante en las dos áreas, Fayart integró junto a Carlos Madeo una de mis duplas favoritas de defensores centrales de All Boys de todos los tiempos.
Terminó de hechizarme de modo casual: hace un par de años, escuché en “La Gigante de All Boys” una entrevista veraniega a Darío Stefanatto, en la que el ex volante del Albo, en tono risueño, contaba anécdotas de los entrenamientos del equipo y no dudaba en definir a Fayart como “insoportable”.
In-so-por-ta-ble.
Nunca hablé personalmente con Fayart, pero la definición me pareció reveladora, y traté de intuir qué podía significar el adjetivo “insoportable” en este contexto: lo supuse hablador, fastidioso, arisco, bromista, agresivo, insistente, toqueteador, incansable, incapaz de dar por terminada una conversación… o una jugada.
Como esa crueldad selectiva, la insoportabilidad también suena a virtud en el caso de un zaguero central del Ascenso.
Hoy juega en Patronato, en el Nacional B, donde sigue siendo símbolo de guapeza y –probablemente– de insoportabilidad para compañeros y rivales. Ningún hincha de All Boys podrá decir que no lo extraña.
domingo, 13 de marzo de 2011
Rojas para todos
Carlos Soto y Emanuel Gigliotti contra Vélez, en la fecha 2. Juan Pablo Rodríguez contra Boca, en la fecha 3. Hugo Barrientos contra San Lorenzo, en la fecha 4. Eduardo Domínguez contra Olimpo, en la fecha 5. La lista de tarjetas color carmesí que ha sufrido el Albo en el último mes es más larga que la de cualquier equipo del campeonato. Podemos sumar, en esos mismos cinco partidos, a los que fueron suspendidos por acumulación de amarillas: Fernando Sánchez, Soto, Barrientos.
En las últimas cuatro fechas, desde el incidente Barrientos-Gio Moreno, y la posterior e injustificadísima demonización del mediocampista albo, los árbitros han dejado de lado cualquier sospecha de garantismo, y han juzgado a los jugadores de All Boys con una severidad propia de Torquemada y la Santa Inquisición. No vienen al caso mencionar los penales no cobrados contra San Lorenzo.
Hay en estos días en Floresta una preocupación bien deportiva: en el comienzo de este torneo Clausura, el que definirá permanencias y descensos, All Boys no está jugando bien, ni está convirtiendo goles, y su posición en la tabla de promedios empieza a ser inquietante.
Pero también hay otra preocupación que no tiene que ver con jugar bien o mal, ni con preguntar por qué juega un mediapunta y no otro. El temor de que el Blanco esté en una lista negra alfombrada de tarjetas amarillas y rojas.
En las últimas cuatro fechas, desde el incidente Barrientos-Gio Moreno, y la posterior e injustificadísima demonización del mediocampista albo, los árbitros han dejado de lado cualquier sospecha de garantismo, y han juzgado a los jugadores de All Boys con una severidad propia de Torquemada y la Santa Inquisición. No vienen al caso mencionar los penales no cobrados contra San Lorenzo.
Hay en estos días en Floresta una preocupación bien deportiva: en el comienzo de este torneo Clausura, el que definirá permanencias y descensos, All Boys no está jugando bien, ni está convirtiendo goles, y su posición en la tabla de promedios empieza a ser inquietante.
Pero también hay otra preocupación que no tiene que ver con jugar bien o mal, ni con preguntar por qué juega un mediapunta y no otro. El temor de que el Blanco esté en una lista negra alfombrada de tarjetas amarillas y rojas.
sábado, 5 de marzo de 2011
¿Alegría inspiradora o tristeza inspiradora?
Me dolió mucho la derrota en Floresta ante San Lorenzo. Los detalles no me sirven para nada: el penal para All Boys no cobrado, el flojo partido del equipo, la esperable saña arbitral con Hugo Barrientos (cuatro tarjetas rojas para jugadores del Albo en tres partidos, desde el incidente con Gio Moreno; gracias Don Julio por hacer efectiva tan pronto su bajada de pulgar…), la conciencia de que los rivales ya no son Cambaceres ni Central Córdoba, en fin... Detalles, decía, que no me sirven para nada.
El enigma de las musas más de una vez ha llevado a preguntar qué estado de ánimo fertiliza mejor la inspiración: la tristeza o la alegría. ¿Es más prolífico aquel artista que la pasa mal, o aquel a quien la vida le sonríe?
El sinsabor de una derrota puede llenarnos el corazón de palabras: la búsqueda de culpables, la exteriorización de la ira, la búsqueda de consuelo por la pena, la confirmación de que en las malas te quiero igual.
La embriaguez de un triunfo también puede sembrar de verbos ese dúplex de cuatro ambientes que bombea sangre dentro del pecho: agradecer a los héroes, segregar la alegría, destacar los merecimientos, festejar que llegaron las buenas.
El equipo que terminó jugando contra San Lorenzo –tras los lesionados, los suspendidos, los remplazados– fue digno de la historia del Albo; bien propio del Ascenso: Nico Cambiasso, Cristian Vella, Carlos Madeo, Carlos Soto, Armando Panceri, Emmanuel Perea, Mauro Matos, Agustín Torassa; con Fernando Sánchez y Ariel Zárate al costado de la línea de cal, y con Pepe Romero en el banco. O sea, los responsables de las grandes alegrías de los últimos años. ¿Cómo no confiar en todos ellos en este momento de tristeza inspiradora?
El enigma de las musas más de una vez ha llevado a preguntar qué estado de ánimo fertiliza mejor la inspiración: la tristeza o la alegría. ¿Es más prolífico aquel artista que la pasa mal, o aquel a quien la vida le sonríe?
El sinsabor de una derrota puede llenarnos el corazón de palabras: la búsqueda de culpables, la exteriorización de la ira, la búsqueda de consuelo por la pena, la confirmación de que en las malas te quiero igual.
La embriaguez de un triunfo también puede sembrar de verbos ese dúplex de cuatro ambientes que bombea sangre dentro del pecho: agradecer a los héroes, segregar la alegría, destacar los merecimientos, festejar que llegaron las buenas.
El equipo que terminó jugando contra San Lorenzo –tras los lesionados, los suspendidos, los remplazados– fue digno de la historia del Albo; bien propio del Ascenso: Nico Cambiasso, Cristian Vella, Carlos Madeo, Carlos Soto, Armando Panceri, Emmanuel Perea, Mauro Matos, Agustín Torassa; con Fernando Sánchez y Ariel Zárate al costado de la línea de cal, y con Pepe Romero en el banco. O sea, los responsables de las grandes alegrías de los últimos años. ¿Cómo no confiar en todos ellos en este momento de tristeza inspiradora?
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