miércoles, 6 de abril de 2011
Cómo hacer para no ser un hijo de puta
Muchas de las características más comunes, más folclóricas, del hincha futbolero argentino están severamente reñidas con la bonhomía.
Ni siquiera hablo de los indefendibles ejemplos de trazo grueso, como la violencia entre hinchas, el lanzamiento de objetos peligrosos a futbolistas o árbitros, o las expresiones xenófobas proferidas a simpatizantes y jugadores de otros equipos.
Hay otros aspectos del hincha de fútbol, menos evidentes, pero también muy deleznables.
En especial, la ingratitud: yo jamás podría insultar ferozmente ni pedir la horca para personas que me han hecho muy feliz. Por caso, algunos jugadores, técnicos o dirigentes. Sin embargo, cuando vienen las malas, ahí están los foros en la Internet en los que podemos leer palabras horribles, sanguinarias, abrasivas, de hinchas de All Boys dirigidas a símbolos y líderes de este histórico momento del Albo. Ojo, todo bien con la construcción desde el disenso y con el pensamiento crítico (un saludo a los estudiantes de filosofía y a Luis Majul), pero un poquito de gratitud y justicia poética nunca vienen mal.
Otro gran problema es la incoherencia. El mecanismo de esperar maravillas de alguien y, si esas maravillas no llegan, pasar a considerar un imbécil a ese alguien y a quienes lo trajeron, es trampa: omite que, antes de que los hechos se consumaran, uno mismo también confiaba. Y por extensión, omite que uno -con toda la buena fe del mundo- tropezó con la misma piedra que quienes trajeron al imbécil en cuestión.
¿Acaso, en nombre de la pasión, es válido ser una fiera impiadosa y temperamental?
Una de dos: o la condición de hincha de fútbol brinda una identidad paralela, la del típico hermano mellizo de las telenovelas que resulta un tremendo hijo de puta. O bien entre los hinchas de fútbol la proporción de hijos de puta es realmente alta.
lunes, 28 de marzo de 2011
A esto vinimos
A la hora de hablar sobre este torneo Clausura, el recurso periodístico de aportar datos puros y duros para fundamentar aquello que ya se sabe, vendría muy bien: 480 minutos sin hacer goles, 5 expulsados, 4 derrotas consecutivas, 2 autogoles, 1.153 de promedio, lo que equivale a estar en zona de Promoción, en una mesa con vista al descenso directo…
De todos modos, los datos puros y duros también pueden servir para no perder la compostura: aún no está nada dicho, All Boys depende de sí mismo, y con apenas un punto más no sólo igualaría a Olimpo en la tabla general, sino que automáticamente superaría a Huracán; y encima, definirá de local ante rivales directos como Gimnasia, Quilmes o Huracán.
No, no es momento para la fe ciega, sino para el pesimismo de quien tiene ojo de águila a la hora de mirar la tabla de posiciones.
Pero, por otro lado, la historia de All Boys en Primera –en los ’70, y también ahora– tiene exactamente el mismo sabor que todos en Floresta estamos degustando por estos días. Vivir un sueño… y estar hechos mierda. Darnos gustos como ganarles a River, Boca, Vélez, Independiente o Estudiantes… y recordar que no nos sobra nada justo a la hora definitoria. Gozar… y sufrir.
No me quejo. Me muerdo los dientes y supongo que disfruto. Finjo alegría. Para putear, tenemos toda la vida por delante. En cambio, para luchar, nos quedan sólo doce semanas. Todavía falta mucho sufrimiento, sí. Pero a eso vinimos.
viernes, 18 de marzo de 2011
Fayart, el insoportable
Durante las tres temporadas y media en las que vistió la camiseta de All Boys, a Fernando Fayart nunca lo vi mezquinar a la hora de poner la pierna, a la hora de llevarse al mundo por delante, a la hora de demostrar que el amor propio termina siendo amor para el equipo.
Grandote, jetón, fuerte, difícil, feroz, el Turco Fayart ya estaba en el club desde antes del fabuloso sprint que comenzó en la temporada 2007/2008, que incluyó un campeonato y el ascenso que hoy tiene al Albo en Primera.
A pesar de que su apellido parecía una apelación al yerro poco auspiciosa para un zaguero –¡¿cuántas fallas y vacilaciones generaría una dupla entre Fayart y Emiliano Dudar?!–, y no obstante las dudas sobre su velocidad, Fernando de los Milagros fue un jugador clave en los logros del Blanco en el Ascenso.
Enorme en los partidos difíciles –como en la Promoción contra Rosario Central– y gigante en las dos áreas, Fayart integró junto a Carlos Madeo una de mis duplas favoritas de defensores centrales de All Boys de todos los tiempos.
Terminó de hechizarme de modo casual: hace un par de años, escuché en “La Gigante de All Boys” una entrevista veraniega a Darío Stefanatto, en la que el ex volante del Albo, en tono risueño, contaba anécdotas de los entrenamientos del equipo y no dudaba en definir a Fayart como “insoportable”.
In-so-por-ta-ble.
Nunca hablé personalmente con Fayart, pero la definición me pareció reveladora, y traté de intuir qué podía significar el adjetivo “insoportable” en este contexto: lo supuse hablador, fastidioso, arisco, bromista, agresivo, insistente, toqueteador, incansable, incapaz de dar por terminada una conversación… o una jugada.
Como esa crueldad selectiva, la insoportabilidad también suena a virtud en el caso de un zaguero central del Ascenso.
Hoy juega en Patronato, en el Nacional B, donde sigue siendo símbolo de guapeza y –probablemente– de insoportabilidad para compañeros y rivales. Ningún hincha de All Boys podrá decir que no lo extraña.
domingo, 13 de marzo de 2011
Rojas para todos
En las últimas cuatro fechas, desde el incidente Barrientos-Gio Moreno, y la posterior e injustificadísima demonización del mediocampista albo, los árbitros han dejado de lado cualquier sospecha de garantismo, y han juzgado a los jugadores de All Boys con una severidad propia de Torquemada y la Santa Inquisición. No vienen al caso mencionar los penales no cobrados contra San Lorenzo.
Hay en estos días en Floresta una preocupación bien deportiva: en el comienzo de este torneo Clausura, el que definirá permanencias y descensos, All Boys no está jugando bien, ni está convirtiendo goles, y su posición en la tabla de promedios empieza a ser inquietante.
Pero también hay otra preocupación que no tiene que ver con jugar bien o mal, ni con preguntar por qué juega un mediapunta y no otro. El temor de que el Blanco esté en una lista negra alfombrada de tarjetas amarillas y rojas.
sábado, 5 de marzo de 2011
¿Alegría inspiradora o tristeza inspiradora?
El enigma de las musas más de una vez ha llevado a preguntar qué estado de ánimo fertiliza mejor la inspiración: la tristeza o la alegría. ¿Es más prolífico aquel artista que la pasa mal, o aquel a quien la vida le sonríe?
El sinsabor de una derrota puede llenarnos el corazón de palabras: la búsqueda de culpables, la exteriorización de la ira, la búsqueda de consuelo por la pena, la confirmación de que en las malas te quiero igual.
La embriaguez de un triunfo también puede sembrar de verbos ese dúplex de cuatro ambientes que bombea sangre dentro del pecho: agradecer a los héroes, segregar la alegría, destacar los merecimientos, festejar que llegaron las buenas.
El equipo que terminó jugando contra San Lorenzo –tras los lesionados, los suspendidos, los remplazados– fue digno de la historia del Albo; bien propio del Ascenso: Nico Cambiasso, Cristian Vella, Carlos Madeo, Carlos Soto, Armando Panceri, Emmanuel Perea, Mauro Matos, Agustín Torassa; con Fernando Sánchez y Ariel Zárate al costado de la línea de cal, y con Pepe Romero en el banco. O sea, los responsables de las grandes alegrías de los últimos años. ¿Cómo no confiar en todos ellos en este momento de tristeza inspiradora?
lunes, 21 de febrero de 2011
Mala leche vs. mano dura: defensa de Barrientos
La lesión del crack de Racing, Gio Moreno, en el triunfo sobre All Boys por 1-0 en Floresta, disparó tal saña mediática contra el volante Hugo Barrientos que me resultó imposible omitir el tema en el Álbum Blanco.
A partir de la confirmación de que se trataba de una lesión severa, que dejaría al volante colombiano fuera de las canchas por varios meses, Barrientos se volvió receptor de la condena social más ruin que recuerde, en términos futboleros.
A pesar de que es evidente que Gio no se lesiona recibiendo un foul de Barrientos, sino cometiendo él una infracción contra el volante albo, los pedidos de mano dura vinieron de todos lados: desde mamarrachos racinguistas y dirigentes racinguistas con fama de serios, hasta conductores de noticieros.
El pedido más franco es que a Barrientos lo suspendan durante todo el período de recuperación de hábil Gio. El mensaje más turbio e inquietante es el que vino desde el mismísimo presidente de la Afa.
Ahora, estando claro que Moreno se lesiona solo, por un accidente, es insólito cómo se hace blanco en que Barrientos lo había fouleado antes, o en que ambos jugadores habían estado discutiendo verbalmente durante buena parte del partido.
Reiteramos: Moreno se lesionó solo al cometer un foul; hay consenso sobre eso, ahí están las imágenes.
Como comentábamos con mi dolido amigo académico, Juan Pablo Rud, la rotura de ligamentos al trabarse la rodilla es una fatalidad, equivalente a que te caiga un piano en la cabeza. No importa si habías discutido con alguien una hora antes, o si alguien te había dado un par de patadas o te había agarrado de la camiseta veinte minutos antes: ese alguien no tiene la culpa de que te haya caído un piano en la cabeza.
Hubo escasísimas defensas para Barrientos en todo esto.
No voy a hacer una victimización de hincha de equipo chico, del tipo “si el que se lesionaba era el 10 del Albo, nadie iba a pedir la cabeza del 5 de Racing que lo había fouleado una hora antes”. No. Tampoco voy a apuntar la discriminatoria acusación que supone que un habilidoso y seductor enganche caribeño que juega en un club grande le hace bien al fútbol, mientras que un rústico obrero patagónico de un club modesto le hace mal.
Sí quisiera marcar que la “mala leche” con la que se asoció a Barrientos en todo esto, suena más a la presunta mala suerte que castiga a Racing (recordemos que viene de sufrir la muerte del masajista por un... ¡rayo caído en pleno entrenamiento!), que a la supuesta maldad del mediocampista de All Boys (un aplauso para la polisémica tapa de Olé).
No sé si Barrientos tiene buen corazón. Sí sé que los hinchas de Huracán, con mi amigo quemero Martín Correa a la cabeza, lo recuerdan con mucho afecto. Y también sé que en All Boys ha transpirado la camiseta cada minuto que jugó.
No sé si Barrientos evade impuestos, le pega a su abuelita, vota a Aldo Rico o tortura hámsters en su casa. No sé si es un malvado. Sí sé que no rompió al pobre Gio.
La única mala leche que hay en todo esto, es tratar de meter a alguien preso por un crimen que no cometió.
lunes, 14 de febrero de 2011
El Loco Juan
El Loco Juan era un personaje que, cuando te pasaba cerca, hacía florecer las anécdotas. Que era un hincha caracterizado (cuando eso no implicaba fierros, ni brazos armados de intendentes del conurbano). Que todos lo querían. Que había trabajado en una fábrica de repuestos. Que hasta dormía en el club. Que en Floresta se le había perdido la pisada, misteriosamente, durante un tiempo; pero que volvió en una final para zafar de un descenso entre All Boys y Talleres, en la cancha de Huracán, en un partido que tuvo final feliz para el Albo. Ese día su presencia llamó la atención, y según consigna mi papá, Eduardo Aguirre, “ya muchos ni lo ubicaban, pero hablaban del viejo loco que se ponía en cueros para alentar”.
Esa era la seña particular por excelencia del Loco Juan: alentar a All Boys en cueros, aún en los días más fríos y lluviosos del siglo XX, cuando las temperaturas del planeta eran un par de grados más bajas que ahora (¡un saludo al calentamiento global!).
Esta semana volvió a pasarme cerca, y como siempre, hizo florecer las anécdotas; se me había aparecido el Loco Juan, y no en calidad de fantasma. El quemero don Néstor Marchetti, conocedor del Álbum Blanco, había advertido por casualidad, una lápida con el escudo de All Boys en el cementerio de la Chacarita, y me llamó para contármelo. Era la tumba del Loco Juan, que murió en algún momento en la última década, y que descansa al resguardo del símbolo blanco y negro.
Una pesquisa sin precedentes (en la que, además de mi papá, colaboraron con entusiasmo personalidades de Floresta como el querido ex presidente de All Boys, Roberto Di Pietro, y como el señor Farías, viejo amigo del Loco) permitió recuperar su nombre completo: el legendario hincha se llamaba Saverio Juan Crivaro.
Tantas veces me lo crucé en Floresta, y nunca imaginé que iba a escribir sobre él. Qué loco. Qué loco el Loco Juan.
