lunes, 26 de marzo de 2012
Magia Blanca
En algún momento cambió mi suerte. La revisión médica dictaminó que mi organismo no cumplía las expectativas mínimas que exigían las Fuerzas Armadas, y allí estaba yo, a pleno sol menemista, en el Regimiento de Palermo, junto a otros 30 pibes estrábicos, chuecos, asmáticos o con pie plano, todos esperando recibir el DNI con el sello que te salvaba para siempre de la posibilidad de pasar un año entero como vasallo teen de un capitán de corbeta.
Los encargados de entregar el DNI a quienes habíamos zafado en la última curva de entrar en el Servicio Militar eran, precisamente, conscriptos. Pibes de 19 años que habían entrado a la Fuerza desde hacía algunos meses, y que por tanto tenían derecho castrense a complicarles la vida, o al menos, a hacernos perder un día entero a quienes sólo necesitábamos nuestro DNI para salir para siempre del Regimiento y volver a la vida civil. Así funciona la lógica de garcado vertical de instituciones como el Ejército: el general caga al coronel; el coronel caga al cabo; el cabo caga al soldado de 19 años… y el soldado de 19 años caga al civil de 18 años que acaba de ser rebotado por la revisión médica.
Y ahí estaba, entonces, waiting for the man. En realidad, esperando el DNI. Asomado durante horas en una ventanilla de la burocracia marcial, aburrido, insolado, con miedo de que se arrepintieran y me enrolaran. De pronto, reparo en un diminuto graffiti escrito con birome en una pared: “All Boys capo”. Lo leo en voz alta, como en un mantra: “All Boys capo”.
–¿Sos de All Boys? –me pregunta un soldado al que no había visto.
–Sí…
–Tomá tu DNI, pibe, aguante Floresta.
Allbocadabra. El Albo me ayudó. El soldado hincha de All Boys se llamaba Paz, y me hizo zafar de una espera y salir para siempre. Fue la última vez que pisé un establecimiento militar.
Lo crucé a Paz un par de veces en la cancha durante los ’90; en la tribuna alta, en la calle. Todavía estaba rapado, no sé si siguió la carrera militar, o si era una mera decisión estética.
Así es la familia de All Boys; pertenecer tiene sus privilegios.
lunes, 12 de marzo de 2012
Defensa del doble camiseta
Esa figura define, claro, a aquellos que son hinchas de dos clubes a la vez. Es un fenómeno habitual, y con matices: a veces el doble camiseta quiere a ambos clubes por igual (“como a Mamá y a Papá”), otras veces el argumento es clasista (“un equipo es de Primera, y el otro, del Ascenso”), y en algunos casos, el fundamento para ese segundo cuadro es afectivo (“le tomé cariño porque mi hijo/ viejo/ novio/ odontólogo es hincha…”).
Me ha tocado conocer a seguidores de All Boys que también son de River, Boca, San Lorenzo, Racing, Vélez o Ferro; así como también –hago memoria– me consta la existencia de hinchas de Independiente que también son de Lanús o Excursionistas, de Huracán que también son de Atlanta, de River que también son de Chicago, de Ferro que también son de Gimnasia de Jujuy… (si no doy nombres es para no incurrir en una forma boludísima de macartismo futbolero, claro). Todas las combinaciones son posibles, arriesgaría.
El Álbum Blanco rechaza la condena al doble camiseta. El debate sobre en cuántas partes se puede repartir un corazón no es cardiológico ni matemático, sino poético. Corazón es múltiplo de lo que uno siente.
miércoles, 29 de febrero de 2012
Ojo con los Soto
Fue en el contexto del siempre cómico clip de “Los parecidos”, del programa de televisión TVR, en el que atribuían al 3 de All Boys similitudes en el rostro con un 3 más famoso, Juan Pablo Sorin.
Soto hizo casi toda carrera en un triángulo de unas pocas cuadras: Vélez, All Boys, Chicago (¡uff!), otra vez Vélez y otra vez All Boys, donde llegó para el Nacional B y logró el histórico ascenso a Primera en 2010. Y ha defendido los colores del Albo con tantas ganas que le perdonamos su paso por Mataderos, club al que demandó y todo. Nada que decirle…
Pero vuelvo a su participación en TVR. ¿No cuesta creer que un lateral izquierdo de All Boys hoy sea algo parecido a una celebridad, a un personaje popular, al que basta con mostrar su foto y decir “Soto”?
Qué distinta gloria y qué distinta suerte ha tenido el gran Carlos Soto que Agli, Tolosa, Caimi, Casanova, Befumo, Montiquín, De Muner y tantos otros marcadores de punta que defendieron los colores del Albo en tiempos más oscuros, de esos que no dan muchas ganas de recordar.
viernes, 17 de febrero de 2012
El juego de la tarasca
Sin embargo, esos once contra once no son tan “iguales” a la hora de medir los presupuestos que cada equipo tiene detrás: es obvio que los once del Barcelona de Pep Guardiola no salen a la cancha a jugar “mano a mano” con los once del Barracas Central del gran Carlos Madeo.
No tengo números a mano, pero sí prejuicios y sospechas: si el fútbol no se dirimiera por goles, sino por presupuestos, intuyo que, en el campeonato de Primera, All Boys estaría en zona de descenso directo y con un yunque atado en el escroto.
En vacaciones vi y disfruté mucho la película Moneyball (grossamente traducida en la Argentina como “El juego de la fortuna”, basada en un libro de Michael Lewis). Allí Brad Pitt es manager de un “equipo chico” en la máxima categoría del béisbol norteamericano –iba a escribir “las grandes ligas”, pero me sonó un poquito cipayo– y tiene que armar un plantel con poca plata. Mientras tanto, los “equipos grandes” vienen con una montaña de oro y le llevan sus mejores jugadores.
El desafío que propone es tacticista, economicista, pillo, y en especial, futbolero, a pesar de los bates y los catchers: cómo armar un plantel barato y ganador a partir de datos concretos, y enfoques analíticos no convencionales sobre los jugadores.
De todo corazón, más allá de errores o aciertos, y sin las típicas miserias de andar viendo quién recomendó traer a tal crack o a tal burro; me confortaría saber que todos los Bugallos, los Zárates, los Barteltes, los Capurros, los Azofras, los Trovattos, los Parodis y demás armadores de planteles del Albo de ayer, de hoy y de mañana hayan visto esa película.
lunes, 2 de enero de 2012
Órgano felino
El receso futbolero de verano, históricamente, siempre tuvo mucho de desierto del Sahara: es interminable, caliente, reseco, sofocante y, cuando uno logra superarlo, se encuentra desorientado, perdido.
Para el hincha de All Boys, los años malos –¡cuántos hubo!– tenían el agravante del desánimo: el libro de pases en el verano era puro desaliento, ya que los buenos jugadores se habían ido, y habían llegado un par de flojos para pelear el puesto con los flojos que ya teníamos.
Este año, a pesar del sabor a viruta metálica que tiene la lucha desesperada por mantenernos en Primera, me he encontrado mucho más alerta que en otros estíos. No sólo he chusmeado vía Twitter los posibles refuerzos del Albo, sino que hasta he googleado a Martín Morel, el nuevo refuerzo del equipo.
Está claro que la curiosidad es un músculo que se ejercita especialmente en las buenas.
sábado, 3 de diciembre de 2011
Aleta
Chan, chan.A pesar de tanta patada y tanta brazada, a pesar de la fe en que, de un modo u otro, vamos a llegar a la orilla, de pronto un triangulito inequívoco aparece en el campo visual del hincha de All Boys. Es una aleta, la del tiburón blanco de la zona del descenso.
Chan-chan.
No es que no la conozcamos: en la temporada pasada, sin ir más lejos, nos anduvo oliendo la sangre de los talones casi hasta la última fecha. Seguimos en la élite, seguimos viviendo una fiesta –la perspectiva histórica tiene eso–, seguimos confiando en nuestros héroes, seguimos apostando a los recién llegados.
Chan-chan, chan-chan…
Pero la sucesión de malos partidos y la sensación de equipo cansado, exacerban el olfato del escualo. Es cierto que no estamos chapoteando solos, y que la carne de otros equipos con bajo promedio quizás le termine resultando tan o más tentadora que la nuestra a las fauces temidas. Qué poco solidaria es la lucha por mantener la categoría.
Chan-chan, chan-chan, chan-chan, chan-chan, chan-chan…
Los interrogantes quedan planteados. ¿De qué cuadro será Roy Scheider? ¿Le gustará el soccer a Steven Spielberg? ¿Habrá algún hincha de All Boys exiliado haciendo fuerza desde Amityville? ¿Una lavada de cara y un par de buenos refuerzos alcanzarán para zafar?
lunes, 7 de noviembre de 2011
Manual del hincha puteador
Hay muchos lugares comunes en torno a la puteada en situación de cancha; como plantear que funciona como catarsis para las frustraciones de la vida extrafutbolística, o como inferir que es un legítimo derecho de quien paga la entrada.
Yo tengo dos observaciones al respecto. La primera, es que los insultos en la cancha me han prodigado momentos de hilaridad extrema, de esos cuyo mero recuerdo compartido lleva a llorar literalmente de risa. Podría enumerar insultos de cancha inolvidables con mis hermanos Fernando y Juan Manuel, o con mis amigos Adrián Felcman, Leonel D’Agostino, Martín Correa, Leandro Barril; no sólo viendo a All Boys; también a River, a Ferro, a la Selección.
La segunda observación es de índole moral: no todos los insultos son válidos. No me refiero a la naturaleza del insulto en sí –desde ya, el Álbum Blanco repudia las expresiones discriminatorias, racistas–; sino a sus destinatarios. Hay formas de insultar sin dejar de ser una buena persona.
No acepto nunca el insulto a la tropa propia: jugadores, entrenadores, dirigentes de All Boys. Salvo situaciones muy groseras –gesto agraviante hacia la tribuna, por caso– no se debe insultar a quienes nos representan con la camiseta blanca. Podemos reprobar un pase mal hecho, un gol perdido, o un cambio con el que no coincidimos, pero no puteando. El recurso de la puteada, para que valga, tiene que ser mezquino, escaso, ocasional. No hay puteada más intrascendente que la de los bocasucias seriales soft onda Enrique Pinti.
Acepto sólo a veces el insulto al rival: jugadores, técnicos o hinchas. Me parece digno únicamente cuando han cometido una deslealtad grave; como un codazo o planchazo; o como –otra vez– un gesto soez a la tribuna. Jamás putearía a un rival porque nos hizo un golazo. A veces hay que saber cómersela doblada.
Acepto casi siempre el insulto a la autoridad. Los latrocinios arbitrales y –salvando las distancias– las barbaridades policiales son desencadenantes de genuina furia en el corazón. La máxima martinfierrista “Hacete amigo del juez” no sirve en la cancha; nunca hicimos amistades.
Hay otros destinatarios posibles del insulto futbolero, claro. Se trata de insultar a “los de arriba”: cúpula de la Afa, gobernantes nacionales, Dios. Resulta curioso que cuando se los insulta, por lo general, es por una buena razón.
